Opinión


04/01/17

Enrique Álvarez

  1. La fiesta más inquietante

    Con frecuencia se tiene la impresión de que los cristianos corremos el riesgo de no ser, o al menos de no parecer, más que unos tradicionalistas, una gente sentimental y un poco rancia que sólo sueña con recrear un pasado de imposible retorno. Y en las fiestas de Navidad ese pensamiento me asalta como en ninguna otra época del año.

    Celebramos un hecho histórico, el nacimiento de Jesús de Nazaret, al que revestimos de significación teológica: la venida al mundo del auténtico redentor, del Rey del Universo hecho hombre, y paradójicamente rey pobre y humilde: el Omnipotente hecho Impotente. El simbolismo es maravilloso, pero lo cierto es que la celebración nos pilla desencantados, porque nuestro presente es duro, la realidad se impone, cada vez nacen menos niños, las ilusiones se esfuman y los mensajes que invitan a recobrarlas, a traer optimismo, suenan inevitablemente a viejo.

    Se diría que este año, en los medios de comunicación, ha habido más protestas que de costumbre en favor de la celebración navideña. Eso podría invitar a un cierto optimismo, ¡la cristiandad reacciona al fin!, pero no, no debemos engañarnos. Es simplemente un efecto de la famosa ley del péndulo que tanto ha caracterizado la historia moderna española: el afán de desquite de la izquierda cristófoba ha ido tan lejos esta última temporada, que mucha gente normal está sencillamente hasta el gorro de la estupidez laicista, y ha decidido llevarle la contraria y replicar vindicando todo aquello que es objeto de marginación: el belén, los villancicos, las pastoradas, los Reyes Magos.

     Hay, sí, un sector de la sociedad, más allá de la propia Iglesia,  muy consciente de lo que la cultura de izquierdas, en asombrosa alianza con la cultura del capitalismo norteamericano, nos ha robado (la Navidad cristiana y otras cosas), pero es un sector minoritario que a la larga poco va a poder hacer mientras Europa, y España en particular, sea esbirro fiel de eso que algunos llaman el “mundialismo”. Jesús nació hace 2020 años y punto. No volverá a nacer más. Ahora es el tiempo de divertirse unos días, de incrementar el consumo y también la hipocresía social, de fingir una alegría más superficial que de costumbre. El tiempo, en definitiva, de ir tirando como sea unos pocos años más.

    Y en esto, después de la Navidad, llega esa otra fiesta enorme y, se mire como se mire, inquietante: la de Año Nuevo, o lo que es lo mismo: la de Nochevieja. Confieso que no hay en todo el año un momento más duro para mí que los minutos que preceden y siguen a las campanadas de fin de año, esos minutos ruidosos, vertiginosos y aturdidores en que millones y millones de personas, la mayoría de la población occidental, se lanza a una vorágine de euforia insensata, a un júbilo estúpido y ciego, a una embriaguez de ruido, de evasión y vaciedad totales. Siempre me pregunto cómo es posible que la humanidad no se dé cuenta de que ese es justamente el momento más adecuado del año para estar en silencio y recogimiento, siquiera un cuarto de hora, el momento más adecuado para meditar, para invocar a Dios, o quien cada uno tenga por tal, a fin de que el nuevo año no nos devore, no nos aplaste, no nos lance al abismo.

    Si hay un rato para creer en Dios y para darse cuenta del valor y necesidad de las religiones, es ese de la medianoche de cada 31 de diciembre, en que las personas que yo llamo normales temblamos ante el telón que se va a levantar para mostrarnos la oscuridad pavorosa del futuro inmediato. La alta probabilidad de macroatentados terroristas, la extensión de la guerra en Oriente Próximo, el aumento de refugiados y de la miseria en la mitad del mundo, la ruina de un país en el que sólo quedan viejos (y viejas, oiga), la ruptura de una nación en la que siguen triunfando los egoísmos o señoríos regionales, todo eso es lo que tal vez nos esté aguardando tras la cortina del 31 de diciembre, por no hablar naturalmente de desgracias personales que conocemos bien y que a todos pueden alcanzarnos sin que nada nos lo haya hecho prever.

    Postdata. 2017 será, por cierto, el año de Fátima. El Papa ha prometido ir a la Cova de Iría, y cabe preguntarse si dirá algo de los tres mensajes de la Virgen: de la visión del infierno, de la inminencia de guerras devastadoras y del aumento exponencial de los mártires cristianos; si dirá algo también de la apostasía generalizada que viene (la parte del tercer mensaje que se silenció). O si no dirá nada que tenga que ver con los miedos y sólo hablará de las esperanzas. Una cuestión interesante porque es bien sabido que a este  papa (ni a casi ninguno de los últimos) no le gustan las películas de terror. ¿Será que el terror, la negrura con que se ve el futuro, sólo está en los ojos o en la cabeza de algunos? Ojalá.

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