Opinión


16/02/16

Tomás Amparán

  1. Una noche de viento sur

    Hace sur, demasiado viento, estamos acostumbrados a que este tipo de viento que viene de Peña Cabarga nos ahogue, pero es pleno invierno y la temperatura es alta. La verdad es que bajo las escaleras de mi casa en la Calle Méndez Núñez y me asomo a la bahía para ver esas olas tremendas. Los barcos pequeños atracados en el muelle se mueven de tal manera que parezca que les vaya a echar a pique, pero milagrosamente se mantienen a flote. Me encuentro en el mismo lugar en el que hace 58 años aquel vapor que se llamaba Machichaco explotó y del que tantas veces han hablado mis padres. Veo a la gente con sus capas y sus sombreros resguardarse de los vientos entrando en los portales y parando en esta o aquella tasca a tomarse algo ante de irse a sus casas.

    El cielo está plomizo, la tarde avanza y los rayos del sol luchan para no apagarse y que llegue la noche, debe ser que tiene un sexto sentido y sabe que esta noche no habrá oscuridad en las calles de Santander. Del muelle me acerco a Ruamayor porque quiero subir hasta la Catedral, esa que está rodeada de casas y poco a poco subo hasta pasar por debajo de la torre. Siempre me encantó esa vista que acaba en la plaza Vieja. Voy por sus calles y me detengo en el Puente de Vargas, una imagen del Santander moderno, y aunque yo era muy niño cuando derribaron el antiguo puente de la Ribera, aun guardo en el recuerdo ese paseo hasta la puebla vieja. Caminando hacia la Plaza Vieja me vuelvo hacia atrás para observar la Catedral, vieja tosca, con cicatrices por el paso del tiempo, y un halo de amargura recorre en ese momento mi mente, como si supiera que sería la última vez que la voy a poder observar. Vuelvo mis pasos hasta la Plaza Vieja y giro a la derecha por la Calle de la Blanca, la calle de los comerciantes, donde puedes encontrar cualquier negocio, el corazón de Santander junto con la de San Francisco, estas calles que tanto he paseado y tanto he disfrutado. Voy hacia la plaza del Príncipe, me paro ante el refugio subterraneo, aquel en el que tanto tiempo pasé con mi familia pocos años atrás mientras nos bombardeaban en aquella terrible guerra que tantas heridas nos ha dejado. Pienso como sería España si esa guerra no se hubiera producido, si los hermanos no nos hubiéramos matados entre nosotros, y como sería yo si hubiera evitado coger ese fúsil que un día me dieron sin quererlo ni buscarlo. No quiero recordar aquello así que sigo mi camino y vuelvo por la calle de la Compañía. No es tarde, y aunque el viento es fuerte, la gente se guarda en sus casas, veo las ventanas cerradas, la ciudad parece solitaria, solo algunos mozuelos corretean delante de sus madres. Llego a Lealtad, dejo la calle San Francisco a un lado y enfilo las Atarazanas para seguir el Paseo de la Ribera pasando por el puente, me recorre de nuevo esa sensación melancólica de saber que será la última vez que pase por allí. No soy capaz de explicar esa desazón ya que paso por este mismo lugar todos los días. Pero hoy es diferente.

    Dejo Correos y entonces me doy cuenta que el mar está más bravo, los mástiles de las embarcaciones danzan de forma macabra en el muelle y las rachas de viento casi consiguen tirarme al suelo. Me refugio en el Hotel Europa y pido un café con la esperanza que amaine un poco esta ventolera de sur que tan locos nos vuelve a los santanderinos. Viendo que la cosa no mejora, dejo una moneda en el mostrador, cosa que el tabernero me agradece, y con la misma salgo hacia la calle Cádiz, al resguardo de las casas. Ando con paso ligero y mirando al suelo para que el viento no me golpee la cara. Y de pronto me paro, no sé bien la razón, pero freno mis andares y levanto la cara para mirar, me encuentro frente al número 20 de la calle Cádiz. No tengo ni idea que me ha hecho parar, es una casa como las muchas que hay en estas calles, no tiene nada especial, me fijo en unos cables que el viento mueve sin cesar, nada de raro en ello. Así que vuelvo a bajar la mirada y me voy a paso ligero, es imposible pasear por las calles de Santander, hay que meterse en casa y esperar, como todas las noches, a ver que nos deparará el día siguiente. Sólo que esta noche, aunque ninguno de los vivimos en esta ciudad lo sabemos, el día siguiente será especial.

    Llago a casa, me siento junto al brasero que hoy por el sur tengo apagado y repaso un libro de Pereda que tengo sobre la estantería. Lo abro despacio y miro por la ventana, es de noche, una oscuridad terrible inunda la calle, nos dicen que con este viento cerremos bien las ventanas, así que enciendo una pequeña luz y pienso en el paseo que he dado, vuelvo a recorrer las calles de este maravilloso y viejo Santander, no soy capaz de advertir que jamás volveré a caminar por sus calles. No soy consciente que en pocas horas aquel Santander desaparecerá para siempre, que el alma de esta ciudad se quemará esta noche y ya nada volverá a ser igual. El fuego se llevará por delante todo el pasado de esta vieja ciudad, y lo que de aquí en adelante pase no tendrá nada que ver con lo que un día fue Santander. Lo que no sabemos es que mientras el fuego calcinará los cimientos de las casas y las calles, nuestros gobernantes calcinarán también el alma de sus gentes.

    Rendido a la lectura levanto la mirada y un crepitar de luz ilumina la calle Cadiz, apenas diviso nada pero una sensación de tristeza inunda mi corazón.

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