Opinión


21/08/20

Enrique Álvarez

  1. Mane, Tekel, Fares

    Habrá quien aún recuerde el significado de esas tres enigmáticas palabras. Su significado es: “Tu reino ha sido medido y ha llegado a su fin; tu reino ha sido pesado y hallado falto de peso; tu reino ha sido dividido y entregado a los persas”. Lo leemos en un libro que quizá algunos de ustedes aún conozcan: la Biblia.

    Son las palabras que una mano misteriosa escribe en la pared durante el gran festín del rey caldeo Baltasar, hijo de Nabucodonosor, y que sólo el profeta hebreo Daniel fue capaz de interpretar. Baltasar, que debía de ser un monarca campechano y muy liberal, quiso premiar al profeta, pero aquella misma noche el rey fue asesinado y Babilonia cayó para siempre en poder de los persas.

    Se diría que esas palabras han sido escritas este año en alguna pared principal, bien encalada, de nuestro país y que ya es tarde para evitar el cumplimiento de su fatídica profecía. La monarquía española parece tener el tiempo medido, su peso se antoja cada vez más escaso, y el final que le espera no puede ser sino la división del reino, con catastróficas consecuencias.

    Pero no vamos a ser tan ingenuos como para pensar que la culpa de este destino la tiene la contrata de un tren en Arabia o una cacería en África o un adulterio más bien grotesco. Cuando oigo a los defensores de la monarquía, que todavía son muchos y muy tonantes, repetir hasta la saciedad que el cimiento de la institución real está en la Constitución de 1978 y en la contribución que el rey emérito hizo durante treinta años a la consolidación del régimen democrático (aciertos frente a los cuales no pueden prevalecer los errores que haya cometido en su vida privada en el periodo final de su reinado), me admira la estolidez de tales defensores. ¿Caer una monarquía meramente por los pecados carnales o por la liviandad de alguno de sus representantes? No, nadie que sepa algo de Historia puede pensar que el emérito al que aludo sea más calavera que sus predecesores. Todos los borbones, si no fueron felones, estrafalarios o proclives a la locura, fueron calaveras; y qué decir de los austrias, con la sola excepción tal vez del primero, Carlos, que, eso sí, resultó nefasto para los intereses de la joven España, aunque salvara tal vez los de la Europa católica.

    ¿Es que hace falta que el jefe del estado sea un rey para defender eficazmente un régimen de libertades democráticas? ¿Hace falta que pertenezca a una dinastía y que reciba el poder por herencia? Si la Constitución es simplemente una ley, una buena ley basada en el principio democrático, este mismo principio aconseja que el jefe de la nación lo sea por elección popular, por los especiales méritos personales que el pueblo encuentra en él. Y ¿qué méritos personales especiales podría encontrar el pueblo en nuestros últimos monarcas? Díganme uno solo, más allá de su apreciable simpatía, mano izquierda o don de gentes. Demasiado poco, sin duda, para un pueblo, el español, harto desengañado de gobernantes corruptos y vividores.

    Claro que los defensores actuales no niegan que la monarquía se basa en la tradición, es decir, en el hecho de que su titular encarna o representa la continuidad del país, pero esos mismos defensores rara vez se privan de decir también que ese país nunca valió gran cosa hasta que vino el régimen de 1978, y que España nunca fue una nación de la que sentirse orgulloso hasta que tuvimos una democracia asentada, es decir, nunca antes de la llamada Transición. Luego entonces, ¿de qué tradición estamos hablando? ¿A qué continuidad nos referimos?

    La opinión pública está tan imbuida en la idea de que lo único que cimienta España hoy día es una ley votada hace cuarenta años por amplia mayoría que nos trajo la libertad y la igualdad --una ley que hizo tabula rasa de nuestro pasado anteconstitucional--, que esa tradición a la que se refieren ha quedado completamente vacía de contenido. Y así, prescindiendo de toda otra razón, de toda otra raíz, se ha sembrado el terreno para que cuando el rey, representante de la institución, dejara de ser un héroe de la democracia y se convirtiera en un calavera más, las nuevas generaciones de españolitos inexorablemente dejarían de encontrarle sentido al principio dinástico y hereditario y se pasarían a la fe republicana. Porque cuando se olvida o se niega el verdadero origen del poder político, que sólo puede provenir de Dios, cuando se establece el principio de que ese poder proviene de una convención entre los hombres, de una ley humana basada en el principio mayoritario, no hay posibilidad alguna de preservar el valor de la sucesión y de la tradición.

    El rey de España en los comienzos del siglo XXI tenía que haber sido algo más que un héroe para que la monarquía pudiese sobrevivir en el corazón de los españoles. Tenía que haber sido un santo, no digo un beato o un meapilas, sino un ciudadano moralmente ejemplar hasta el sacrificio de sí mismo. No lo fue. Tal vez podría serlo su hijo, pero es de temer que ya sea demasiado tarde para evitar el desastre. Tal vez ya el reino de España tiene su sentencia de muerte escrita en alguna pared de la Zarzuela por mano numinosa: Mane, Tekel, Fares...

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