Opinión


21/05/18

Enrique Álvarez

  1. Esperanzas diabólicas

    Reconozcámoslo de una vez por todas: no hay ninguna posibilidad de restaurar nada que en otro tiempo haya funcionado bien y que se hubiera perdido por errores del hombre. El tiempo en que vivimos acelera su paso de tal modo, que resulta impensable esperar no ya una vuelta atrás en aspecto alguno sino que pueda extraerse del pasado ningún factor de progreso o de esperanza.

    Esto cabe aplicarlo, naturalmente, a la política, y así nos es dado contemplar cómo el mayor problema que hoy tiene planteado la sociedad española, que es la división entre sus partidos políticos (no por incruenta menos desastrosa) no se arregla con una recuperación del clima de la llamada Transición (1976-1999), ni aún menos con el de la unidad ideológica de siglos pretéritos. El ambiente constructivo y tolerante de nuestra transición a la democracia está tan lejos de volver a nosotros como el de la solidez patriótica que hizo posible, sin ir más allá, la rebelión de nuestro pueblo, en la totalidad del país (de Gerona a Cádiz) contra la invasión napoleónica.

    Pero cabe aplicarlo también, con evidencia más trágica, a la situación de la Iglesia Católica; a la situación, debería decir mejor, del cristianismo todo. Es una situación patética y, a nuestro parecer, sin vuelta atrás, sin posibilidad alguna de mejoría. Claro es que aquí me refiero a la Historia, es decir, al futuro dentro de la Historia, no a lo que le sea deparado a la humanidad al término de ella, así que pasen cien años o cien siglos.

    Es un hecho innegable que, desde su origen, el cristianismo no ha hecho sino crecer hasta el día de hoy. Pero crecer en número de fieles, porque lo que es en influencia y prestigio lleva dos siglos y medio, por lo menos, de disminución. El aumento demográfico del continente americano da unas cifras de nuevos bautizados que sólo deberían resultar alentadoras en apariencia, porque la dura realidad del avance del laicismo en Occidente no cesa de repercutir en Iberoamérica, donde la pérdida de creyentes no tardará en superar a la que se da en los países del Norte. Y si queda aún la esperanza de África y Asia, yo preguntaría que dónde habrá fe bastante para pensar que las comunidades cristianas de esos continentes podrán resistir, sin apoyo alguno de Occidente, la persecución que el Islam y otras religiones o sistemas ateos están ejerciendo contra ellas cada vez más declaradamente.

    Es otro hecho innegable que la Iglesia ha conocido a lo largo de su historia momentos más críticos que el actual. Pero han sido momentos de crisis interiores, de corrupción en el clero o de agresiones o amenazas bélicas. Porque en lo que se refiere a vigor del credo cristiano, a capacidad de evangelizar y de convertir, a poder de penetración en el alma de la sociedad actual, la religión cristiana se bate en franca retirada. Necio, muy necio, es no advertirlo. Si esa retirada se inició a finales del siglo XVIII y se agudizó a mediados del siglo XX; si la llegada de un papa como San Juan Pablo II pudo hacer esperable una nueva restauración como la de principios del XIX, hoy tenemos muy claro que Europa y todo el mundo desarrollado tienen ya un corazón completamente pagano. Porque el problema no es el desastre de la pederastia ni el apego al dinero que ha sacudido a tantas diócesis, y a toda la jerarquía en su conjunto, no. El problema no es de imagen, no. Ahí tenemos a un hombre bueno, el Papa Bergoglio, mejorando la imagen (la suya, más que la de la Iglesia), pero no consiguiendo que ni una sola de las nuevas leyes que se promulgan en Europa vaya en un sentido favorable al cristianismo sino todo lo contrario.

    Por eso es más bien patética esa lucha actual del catolicismo por recuperar su reputación ante la opinión pública, cuando lo único que hace ya es predicar, a ser posible con el ejemplo, una ética social que merezca la aprobación del mundo; cuando lo único a que puede aspirar es a que los pocos curas y religiosas que van quedando tengan mejor fama que los del pasado. Porque el camino hacia una humanidad radicalmente atea, o brutalmente idolátrica, es un camino sin retorno. No tiene remedio. No hay posibilidad de alguna de que la táctica de sonreír y presentar un rostro amable cambie nada.

    ¿Qué hacer en esta situación? ¿Rebelarse contra el mundo, condenarlo sin paliativos? Yo diría que no. Se puede ser profeta de calamidades con elegancia, porque sonreír casi nunca está mal. Ser amable casi siempre está muy bien. Y, más que ser amable, amar al mundo (incluso apasionadamente, como quería San Josemaría) pero sin engañarse a uno mismo, sin pensar que los poderosos van a hacer caso, sin pensar que ningún papa ni santo va a ser capaz de convertir a ningún rey o presidente de república (como ocurría antaño) ni dar la vuelta a ninguna de las políticas perversas que hoy proliferan por el orbe.

    Quien conoce la última revelación de la Biblia y sabe algo de Historia y sabe algo de cómo se las gastan quienes mueven los hilos de la actualidad, no puede ser optimista respecto a lo que nos deparará el futuro a corto o medio plazo. Y quienes sean optimistas en esta situación, quienes traten de vendernos que ser buenos cristianos nos va a servir para otra cosa que no sea la salvación del alma en un mundo que nos repudia radicalmente, nos estarán engañando, estarán actuando como los malos políticos que tanto nos estragan por todas partes, serán esa sal desalada de que habla el Evangelio, serán los agentes de una esperanza descarriada y diabólica.

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