Opinión


15/11/20

Enrique Álvarez

  1. Algo más que una pandemia

    En las conversaciones de cualquier tipo sobre el Covid 19 últimamente empieza empieza a cundir la idea de que los científicos no saben gran cosa de él. Pero no es verdad. Claro que saben, que sabemos ya mucho sobre este virus. Lo que sucedes es que lo que vamos sabiendo nos obliga a cerrar los ojos, a tirar de optimismo ciego y a creer que es cuestión de esperar un poco más hasta que aparezca la vacuna que nos redima. ¿De verdad vendrá esta vacuna en los próximos meses?

    Todo lo que vamos sabiendo sobre esta pandemia se resume en un hecho terrorífico que nadie puede cuestionar. La del Covid 19 es muy distinta a otras pandemias que han pasado por la tierra, al menos hasta donde alcanza nuestra memoria y nuestros conocimientos históricos. Es un fenómeno nuevo, como un cáncer, una neoplasia que aparece inesperadamente en un organismo y quiebra las leyes de su desarrollo celular. Parece mentira que no se centre la atención en este hecho extraordinario. Pandemias gravísimas ha habido a lo largo de los últimos siglos. La última de ellas fue la gripe española de 1918. Una pandemia que dejó varios millones de muertos en toda Europa, pero que duró apenas un año. Vale decir que pasó relativamente pronto, lo mismo que aconteció con todas las pestes de los tiempos antiguos. Claro que tenían una enorme mortalidad, devastaban territorios y países, pero se iban un buen día. Volvían tal vez al cabo de unos años, pero lo cierto es que vaciaban en poco tiempo su capacidad de contagiar, sin que hubiera vacunas ni medidas de higiene y prevención medianamente eficaces.

    Con el Covid 19 no va a suceder así. En marzo y abril todos teníamos esta esperanza: el confinamiento general era durísimo pero en pocos meses el virus habría agotado su carga infectiva y nos dejaría tranquilos, siquiera por un montón de meses. Oímos decir que todos los microorganismos tienen un ciclo vital y que inevitablemente este coronavirus, por ley de vida, perdería también poco a poco su poder de dañarnos. Ahora ya sabemos que no. Ahora ya damos por hecho que, si la vacuna no lo impide, tenemos Covid 19 para un año más o para un siglo. ¿Hubo alguna vez epidemia sin fecha de caducidad? ¿Hubo alguna vez un contagio tan imparable, inagotable, interminable, tan decidido a no irse ya nunca de nuestras vidas hasta alcanzarnos a todos?

    Me asombra que no se ponga el foco de atención en este hecho. Me asombra que no se hable de los estudios científicos sobre la durabilidad natural de este coronavirus. Quizá no los hay. O quizá, más probablemente, los científicos no son capaces de averiguar nada sobre esa cuestión concreta. O lo que saben ya es que este virus es como el plástico, indestructible, indegradable por el paso del tiempo y por la intemperie. Es decir, tal vez, como el plástico, un virus artificial, un virus no creado por las leyes de la naturaleza sino por los manejos del hombre, como las bombitas que cayeron en Japón en 1945. No estoy afirmando nada, sólo apunto una hipótesis. Sólo estoy haciendo preguntas.

    Y otra pregunta más, la más importante de todas. ¿De qué va a servir el nuevo confinamiento general que nos espera dentro de pocos días si, tanto en el caso de que dure sólo un mes como si dura todo el invierno, ya sabemos que cuando en marzo volvamos a la calle el coronavirus recobrará rápidamente sus posiciones y tardaremos nada y menos en ver la curva de contagios volviendo a crecer imparable, dado que hasta los más optimistas calculan que la vacuna sólo será efectiva, si lo es, en 2022. ¿No resultaría mucho más inteligente estar potenciando a marchas forzadas los servicios sanitarios para atender al aumento de enfermos, siendo ya evidente que, cueste lo que cueste habilitar más personal médico y construir instalaciones adecuadas con la urgencia de una situación de guerra, saldrá mucho más barato que reconstruir la economía del país en 2022 después de tal parón? ¿Y no será también más cierto que extender entre la población la inmunidad natural que da el haber pasado el virus resulta la única salida posible a medio plazo a esta nueva enfermedad?

    Probablemente esta última pregunta mía sólo puede hacerse desde la ignorancia, pero si, efectivamente, haber pasado la enfermedad un número lo bastante grande de personas en un país tampoco es solución al problema, ya sólo nos queda pensar que estamos perdidos; es decir, que sólo de lo imprevisible, sólo del azar o de la Providencia, de Aquel que hizo el cielo y la tierra, puede venirnos el auxilio.

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