Opinión


03/01/18

Enrique Álvarez

  1. La nada se hizo hombre y habitó entre nosotros

    Resulta estomagante, y más en estas fechas, leer o escribir sobre los temas de nuestra actualidad: Cataluña, patria, terrorismo, fanatismo, laicismo, globalización, violencia de género (que es más bien de especie, de la especie humana). Resulta patético repetir los mismos juicios, las mismas críticas y denuncias, viendo como vemos que todo sigue igual o peor. ¿Para qué afirmar de nuevo que España necesita un gobierno valiente que crea de verdad en la nación española, que dé razones a la gente para apostar por ella? ¿Para qué repetir que España es algo que merece la pena por su misma Historia, algo anterior a este Estado democrático y autonómico que nos trajo la Constitución de 1978 y que nos quieren vender como lo único positivo en dos mil años? ¿Para qué insistir en que la mejor forma de hacer frente a los totalitarismos que vienen es recobrar los verdaderos valores de la religión cristiana? ¿Para qué sugerir a estas alturas que el creciente número de atrocidades contra la mujer ni es un mero problema de “género” (es decir, de la diferenciación de roles sexuales impuestas por la cultura dominante) ni puede combatirse exclusivamente con más dinero a las administraciones y a los grupos feministas? ¿Para qué seguir clamando contra esta uniformización del pensamiento que va convirtiendo sin tregua las mayores simplezas en dogmas inatacables?

    Que el imperio de la democracia (como gobierno del pueblo) ha entrado en fase de descomposición lo demuestran varios hechos, aunque basta con citar uno solo que resulta ya evidente: los ciudadanos eligen mal a sus representantes; la gente no vota con sensatez, con inteligencia, vota con lo contrario. Lo que pasó en Cataluña el pasado 21 de diciembre no es una excepción sino ya la regla general. Hay una proporción demasiado alta de electores que no tienen interés en dejarse gobernar desde el sentido común sino que prefieren hacer caso a los embaucadores y utopistas de cualquier ralea. Hay una proporción enorme de votantes irresponsables, o bien idiotizados por los medios de comunicación más poderosos. De manera que, si en condiciones normales ya es discutible que la opinión de mil personas deba tener más valor que la opinión de novecientas noventa y nueve, en la actualidad, con el avance de la industria de propagar mentiras, el sistema de designación de los gobiernos basado en la opción mayoritaria de los votantes nos va llevando al desastre. Eso por no hablar de lo mucho que distorsiona la gobernación de un país el que la autoridad deba estar más preocupada por lo que guste a la mayoría (y a los que manejan a esa mayoría) que por servir de veras al bien común.

    Claro que la democracia no tiene hoy por hoy alternativa alguna. Los regímenes autoritarios que tenemos a la vista son, sin excepción, tiranías infames, incluso cuando, como en algún caso bien conocido, se proclaman inspirados en principios cristianos. Pura impostura. En buena doctrina cristiana, el origen del poder no está en el pueblo, es decir, en el hombre, sino en Dios, y quien lo ostente, hereditaria o electivamente, debe ejercerlo en servicio del pueblo, pero no a su criterio libre, sino sujeto a principios firmes e instancias insobornables de control. Cuando uno se adentra en la vida de la mayor figura política que sin duda ha alumbrado España, la Reina Isabel I, llama poderosamente la atención cómo la mujer indómita, apasionada e incluso violenta que era en sus años jóvenes la hija de Juan II, fue convirtiéndose bajo la influencia continua de sus dos confesores, Fray Hernando de Talavera y Fray Francisco Jiménez de Cisneros (el primero sobre todo), en la gran Reina Católica, no tanto por su contribución a la unidad de España sino por su política realmente volcada en bien de clases humildes, incluyendo a los habitantes de Indias.  

    Bien creo que nuestra Isabel I es el espejo en que debería mirarse cualquier gobernante actual. No mirar las encuestas de opinión, no depender de los vientos de la plebe, que votan, hacen y deshacen ya prácticamente todos los años, sino gobernar desde una conciencia rectamente formada, no según el juicio individual sino según los maestros de la verdad.

    Pensar que el origen del poder está en el propio hombre es la forma final de la idolatría, cuyas consecuencias son esta caída en el relativismo, la intranscendencia y, al fin, en la irracionalidad manifestadas en el proceso catalán, en los procesos americanos (del Norte y Sur) y en tantos otros recientes.   

    La intranscendencia, la nada misma, parece que se ha hecho hombre y habita entre nosotros. Y habita todo el año, incluso ahora mismo en Navidad, cuando la máxima magistratura del Estado omite en su discurso de Nochebuena toda mención no sólo a ella sino a cualquier otro valor que vaya más allá de la mera conveniencia de seguir unidos los distintos territorios del Estado. La nada.

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