Opinión


21/06/17

Enrique Álvarez

  1. Somos una colonia cultural

    Tal vez sea un problema de hipersensibilidad mía. Tal vez de egocentrismo, como que soy escritor y me preocupan en exceso las cuestiones de mi herramienta de trabajo, el idioma. Pero el caso es que siento, o más bien considero, que el grado de menosprecio a que los propios españoles estamos sometiendo a nuestra lengua empieza a alcanzar ya niveles intolerables.

    No voy a referirme aquí al maltrato cotidiano al idioma por la ignorancia o incultura de sus usuarios, por su mala formación, por deficiencias del sistema educativo. Ni me refiero tampoco a la pobreza lingüística y gramatical de que adolecen las nuevas generaciones. De ello se habla mucho y no me cabe duda de que hay todo un ejército de teóricos dedicados profesionalmente a remediarlo. Me refiero a un hecho bien distinto: la convicción implícita de toda la sociedad española de que nuestra lengua vale ya poco y de que hay que recurrir cada vez más a la inglesa para designar las cosas y las realidades que más cuentan. En definitiva, que el español es un idioma inferior, sin prestigio ni encanto, obsoleto, incapaz de servir eficazmente a los hablantes de hoy y de mañana. Un trasto viejo y bastante inútil.

    Paseen ustedes por las calles de cualquier ciudad española. La inmensa mayoría de los reclamos publicitarios de orden comercial contienen vocablos, cuando no frases enteras, en la lengua de Adam Smith. ¿Es que nuestras ciudades están llenas de pobres metecos que se sienten perdidos por no entender una palabra de español? ¿Es que los distinguidos visitantes británicos o gringos pasarán de largo y dejarán de hacer gasto en aquellas tiendas que no les brinden letreros en su respetabilísimo idioma? ¿Es que las legiones de chicos franceses que cotidianamente pasean por Santander —por cierto, legiones de adolescentes muy educados que jamás dan que hablar— se sentirán ofendidos si no les ponemos palabras anglosajonas cuando lo que ellos buscan es precisamente empaparse un poco de las castellanas? ¿Es que somos tan poco caritativos que no vamos a ayudar a los guiris a conocer algunos vocablos de nuestro espléndido idioma?

    Pónganse ustedes a trabajar en una entidad pública donde se reciban y valoren propuestas o proyectos innovadores de cualquier tipo, desde lo meramente tecnológico a lo cultural puro y duro, y se asombrarán de que a nadie, pero es que a nadie, se le ocurre ya presentar nada que pretenda ser original e innovador que no venga titulado de arriba abajo en la lengua de Margarita Thatcher. Maricón-el-último al que se le ocurra bautizar con una palabra española alguna idea nueva, aunque no tenga que ver con artilugios recién inventados de la industria informática.

    No pretendo que esta percepción mía resulte muy singular. Se trata de un fenómeno bien constatado y que pertenece sin duda al sentir común de la clase culta. Lo que me mueve a manifestarme aquí es la indignación solitaria, mi certidumbre de que, por dolorosa que sea esa constatación, la gente se muestra resignada, es más, la gente, todo el mundo diría yo, está persuadido de que el fenómeno ya no hay quien lo pare. Y nadie comparte mi mosqueo. ¿O sea que entonces es de necesidad histórica que el idioma de Cervantes se vaya desprestigiando hasta el punto de que nadie que quiera pasar por creativo, ingenioso o avanzado en el campo de la industria deberá recurrir ya a él?

    Qué puede hacerse por evitarlo, te dicen algunos con vil indiferencia. Y, sin embargo, puede hacerse al menos una cosa bastante elemental. Puede exigirse a los responsables políticos que sean conscientes de que el principal símbolo de la nación española, el más rico, el más fecundo, el que más nos une, el único indiscutible, es la lengua que hablamos, la lengua que hablaron las generaciones anteriores y que hablan (aunque mal) las presentes. Y ese símbolo, ese inmenso y entrañable bien inmaterial colectivo está humillado, devaluado y en vías de estarlo aún mucho más.

    Claro que puede hacerse al menos eso. Y claro que puede enseñarse a ministros, presidentes, consejeros de cultura y hasta alcaldes, que España no es una colonia cultural, que España está en el mundo y abierta a toda novedad, pero no necesita otro idioma que el maravilloso que ya tiene, un idioma en extremo útil y bello, además de sumamente práctico, un idioma que nos envidia el mundo. Y que está muy bien aprender inglés, como está muy bien aprender a conducir un automóvil, pero en las tierras de España la lengua que manda es la de Cervantes.

    Por supuesto que es mucho más que una cuestión de dignidad nacional, pero ante todo es esto: dignidad colectiva. Y por eso nuestros gobernantes deberían actuar ya de alguna forma. 

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