Opinión


12/06/19

Enrique Álvarez

  1. ¿Hacia el final de Babel?

    Me gusta observar el modo que tienen nuestros tertulianos, nuestros personajes públicos en general, de pronunciar los nombres ingleses. Y me fijo en particular en cómo pronuncian el apellido del actual presidente de los Estados Unidos. Hace cuatro años, todo el mundo decía Tram o Tramp, incluso alguno Trum. Ahora ya, la mayoría dice algo así como “Chruamp”. Y me chirría mucho, la verdad, me encocora, aun cuando quien hable sea un corresponsal de televisión en Nueva York. Yo entiendo que los profesionales de la comunicación, y otros profesionales ilustrados, deban dominar el inglés; entiendo también que quieran demostrar a troche y moche que lo dominan; lo que ya no admito es que, hablando en español, vulneren nuestra fonética y ofendan nuestros oídos introduciendo, cada vez más invasivamente, la fonética anglosajona.

    No se trata de una cuestión trivial. A muchos les rechinará que nos quejemos ahora de lo rápido que avanza en nuestro país la asimilación del idioma inglés cuando toda la vida se ha denostado, y con razón, la poca capacidad de los españoles para aprender lenguas extranjeras. Pero el problema es que España es un país de papanatas. Y el papanatismo, en esta cuestión, significa que al españolito dócil lo único que parece importarle ya en cuestión de idioma es exhibir un buen dominio del inglés. Por el contrario, alcanzar un mediano dominio del español le deja un tanto frío. Como si la lengua de Cervantes sirviera meramente para andar por casa, como unas vulgares zapatillas que no dan decoro alguno a quien las usa.

    Claro que el problema no afecta únicamente a nuestro idioma. Si ve usted de vez en cuando el telediario o la retransmisión de algún evento de carácter internacional, se asombrará de lo rarísimo que es ya oír a un personaje público hablando otra cosa que no sea el inglés. Es que se ha convertido en el idioma internacional, se nos arguye. Vale, uno entiende que por razones prácticas la gente deba aprender ese idioma con soltura, pero ¿hacia qué mundo vamos cuando ya resulta imposible que un tenista serbio, o un cineasta turco, o un científico sueco, o una soprano italiana, nos hablen en sus propios y bellos idiomas, y nos entendamos ya todos en un único idioma elemental? ¿Es de veras una ganancia que ya no hagan falta en ninguna parte los intérpretes y traductores porque todo perrogato se maneja con el inglés?

    Tal vez parezca exagerado afirmar que, de seguir esto así, la extinción de la diversidad idiomática de la humanidad está en camino, pero es evidente que el asunto empieza a pintar feo. Creo que fue el gran novelista alemán W. G. Sebold el que auguró, hace ya varios años, que a mediados del siglo XXI el idioma de Goethe se habría convertido en una lengua muerta. Y yo auguro que no será la única, que seguramente le acompañarán otras muchas en ese triste destino. Como nadie haga nada pronto, a finales de este siglo casi todas las lenguas estarán muertas. Sólo que no se habrán muerto de muerte natural, como el latín o el sánscrito, sino que las habrá matado a todas el inglés. Si se considera lo que es el imperio estadounidense, el pragmatismo a ultranza, el triunfo arrollador de su cultura, la genuflexión de las élites europeas, no está nada lejano el día en que la obsesión por aprender el idioma de ese imperio haya prendido de tal forma que pasemos de un bilingüismo masivo de caraácter didáctico a un monolingüismo virtual sin alternativa, porque se considerará pérdida de tiempo que los niños estudien y valoren el idioma de sus padres, cuando para situarse en la vida sólo hará falta saber el idioma común, el idioma guay, el idioma universal, el único idioma práctico, que además es el idioma de los triunfadores.

    He hablado de las élites genuflexas, porque son ellas las que debieran enarbolar la defensa de los idiomas propios, y francamente no parecen dispuestas a hacerlo. A los líderes europeos en materia de arte, de creación y hasta de pensamiento, les gusta tanto titular en inglés sus productos que ya casi no saben hacer otra cosa. Dizque venden más así, que llegan mejor a la globalidad, pero no. No es sólo cuestión de números, es sobre todo cuestión de prestigio y de progreso. El inglés es el idioma del futuro. Que alguien luche por recuperar el prestigio de la lengua propia sería casticismo, paletería, ranciedad. ¿No se dijo que la Torre de Babel -y la confusión de lenguas que produjo- fue un castigo para la Humanidad? ¿Volver a una lengua común para todos los hombres no sería el ideal de una Humanidad sanada y reconciliada?

    Sí, pero ya sabemos cómo el Diablo se adueña de todas las buenas causas. Imita a Dios, simula la virtud, para mejor engañar al hombre. Y si hubo un Pentecostés en que, por la venida del Espíritu Santo, todos los extranjeros que escuchaban a los apóstoles comprendían su lengua y se sentían liberados, se diría que también el Diablo está montando este nuevo Pentecostés en que todos los hombres, Dios no lo quiera, vamos camino de hablar y pensar en un único idioma, el idioma del capitalismo global, el monoidioma de un mundo monolítico, sin vuelta atrás, una humanidad definitivamente estandardizada y esclavizada.

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