Opinión


22/07/24

Javier Domenech

  1. Gibraltar: tres siglos de lamentos

    Gibraltar, la montaña de Tarik en terminología musulmana, fue reconquistada  por los  cristianos en 1310 y se mantuvo  bajo titularidad española  hasta que fue ocupada por tropas anglo holandesas durante la Guerra de Sucesión. Al finalizar el conflicto, con el Tratado de Utrecht, en 1716  España cedió en perpetuidad a Inglaterra el uso de la plaza, reservándose la propiedad del suelo y sus aguas jurisdiccionales. La población española abandonó voluntariamente la ciudad  acompañando al último gobernador Diego de Salinas,  y fue reemplazada por inmigrantes malteses y genoveses, quienes a lo largo de los últimos tres siglos han forjando su identidad y vinculación con Inglaterra. Desde entonces se convirtióen un punto estratégico de las comunicaciones del imperio inglés y últimamente en paraíso fiscal con una población enriquecida  en fuerte contraste con el territorio español circundante. Aunque los pronunciamientos de la ONU han reconocido su carácter colonial, también  se ha reforzado su estrecha vinculación con Inglaterra, concediendo  a los gibraltareños su derecho a la autodeterminación.

    Esa es la historia abreviada de una realidad. Se podrá decir que fue una usurpación, lo que no es estrictamente cierto, o esgrimir la unidad geográfica de los territorios españoles,  pero  por iguales razones habría que cuestionar la caprichosa línea fronteriza que separa a Portugal de España, el aislado enclave español en Francia de Llivia, ni le  faltarían razones a Marruecos, en base a la geografía, para reclamar la soberanía de Ceuta y Melilla. La españolidad legal de Gibraltar, a tenor del Tratado de Utrecht, se limita estrictamente al suelo, pero ¿qué hacemos con la población?.¿Alguien puede ignorar su hostilidad hacia los vecinos de La Línea o de Algeciras? ¿Seguiremos con la actual situación económica que posibilita la prosperidad de los llanitos? ¿Aceptaríamos una autodeterminación? ¿Concederíamos un convenio de Estado asociado, en una España dividida por amenazas secesionistas en varias esquinas de su mapa? El empecinamiento en reclamar  la soberanía española de Gibraltar, implica el no rotundo de su población.

    El mapa de Europa ha sufrido numerosas modificaciones como consecuencia de herencias dinásticas y guerras. Calais y Normandía fueron inglesas durante siglos; el Rosellón fue territorio español; Alsacia y Lorena han oscilado entre alemanes y franceses varias veces a lo largo de la historia. La milenaria república veneciana desapareció integrada en Austria y luego en Italia. En el siglo XX, Noruega se separa de Suecia, Finlandia de Rusia, el imperio  de los Habsburgo se disgrega en múltiples naciones y Prusia Oriental deja de ser alemana tras la Segunda Guerra Mundial. El Alto Adigio es una reclamación  austriaca, como  Trieste lo es italiana,  Irlanda es independiente desde hace solo 100 años y Malta desde hace mucho menos.  ¿Podríamos imaginar a los franceses exigiendo la reintegración de Mónaco o a los italianos la  ciudad de Niza?

    Es difícil buscar una solución razonable al calor de sentimientos patrióticos esporádicos  que siguen alimentando un Gibraltar español.  Conviene recordar que en Utrecht no solo se perdió Gibraltar, sino Sicilia y Nápoles, virreinatos que habían pertenecido a la Corona española desde tres siglos atrás y sin embargo, nunca han sido reclamados como territorio español. La obsesión por recuperar un espacio geográfico, perdido tras una guerra ocurrida en 1713, solo ha conducido a un lamento incrustado obsesivamente en  el subconsciente nacional sin más respuesta que protestas inútiles y declaraciones pomposas ignoradas por toda la comunidad internacional. Desengañémonos, por muchos argumentos históricos que se esgriman no se va resolver un problema enquistado durante tres siglos entre la arrogancia británica, la ineficacia diplomática española y  los sentimientos de la población gibraltareña.

    Va siendo hora de afrontar las realidades de nuestra propia Historia y, después de tres siglos, buscar la solución olvidando un problema que sólo nos ha conducido a una frustración continuada.