Opinión


23/01/18

Javier Domenech

  1. El caso de Diana Quer

    A un mes de la detención del asesino de Diana Quer hoy sabemos que, desde el principio, estaba siendo investigado y la policía tenía certeza de su culpabilidad, pero seguía buscando más pruebas aceptables para el juez. ¿Qué otras se necesitaban cuando no se ha añadido ninguna mas salvo que la última víctima identificó a un individuo que intentó secuestrarla?. Si llega consumarse, nos encontraríamos con otro caso más pendiente de resolver entre los numerosos sucesos similares ocurridos en esa zona y la policía seguiría buscando, después de año y medio, más pruebas para la Justicia. Sin embargo, la realidad es que no se ha añadido nada nuevo a los indicios que claramente señalaban al Chicle como principal sospechoso, y que tan solo, al ser detenido tras su identificación por la última víctima, se ha aclarado el caso, permitiendo conocer el culpable, y el lugar donde ocultó el cadáver.

    Aunque hoy nos felicitemos por la labor policial, no se puede decir lo mismo del juez que se resistiría a la detención cautelar del principal sospechoso. Es más ¿han ocurrido otros secuestros o hay otras víctimas durante  el tiempo transcurrido sin la suerte de la última víctima?. En otros casos se realiza la detención y ante la evidencia de los hechos y la presión del interrogatorio policial terminan confesando. Que es exactamente lo que ha hecho, el Chicle, revelando el lugar donde ocultó el cuerpo, admitiendo que la secuestró, desnudó y estranguló. Si hubo o no violación es ya solo una cuestión de añadir más años a la condena.

    Aunque todo el mundo sea inocente en tanto no se demuestre lo contrario, los indicios de culpabilidad en los casos especialmente graves, debieran alertar a fiscales y jueces entre otras cosas para evitar la pérdida de pruebas y nuevos males. ¿No ocurre así cuando alguien es investigado por supuesto fraude fiscal y debe mostrar su inocencia? ¿No pasa igualmente cuando un conductor es multado por exceso de velocidad o presencia de alcohol en el aliento, sin posibilidad de recurso hasta que no demuestre que el radar o el alcoholímetro estaban bien reglados?

    Pues en el caso de Diana Quer o la policía solo contaba con indicios lleves o algo falla en un sistema judicial tan garantista de derechos que limita la labor investigadora y posibilita la continuada comisión de crímenes. Aunque el asesino aparecía desde el inicio como el principal sospechoso, ha sido necesario un año y medio hasta su detención. Y esto ha ocurrido casi por azar, cuando se identifica al agresor de una nueva víctima, que coincide con el principal sospechoso. Ahora se investiga también a su mujer como encubridora y convendría preguntarse  cómo un sujeto con antecedentes de agresión sexual, traficante de drogas, albañil o pintor ocasional, ha sido capaz de tener tres vehículos, un Alfa Romeo, un Audi y un Fiat, y vivienda propia sin llamar la atención ni de sus vecinos, ni de Hacienda, ni incluso de la propia policía que le vigilaba de cerca, según dicen.

    Y justo ahora que se descubre al autor del crimen, con toda la alarma e irritación social el caso conlleva, en el Congreso no se les ocurre más a los partidos políticos de la oposición que intentar la derogación de la ley de prisión permanente revisable, alegando que es una condena perpetua oculta y que impide la reinserción social de los condenados. La ha promovido el PNV con la mirada puesta en los pobrecitos etarras, pero le siguen otros  partidos con ese buenismo que busca la reinserción de los crimínales más que su castigo. Y, en vez de interpretar la voluntad popular, la sustituyen por el despotismo ilustrado de quienes pretenden imponer sus criterios a la sociedad que dicen representar. Que se lo pregunten a las víctimas del terrorismo, pederastia o agresiones sexuales.

    No es cuestión de que cualquiera de su señorías tan ocupadas por la reinserción de los criminales llegue a sufrir en sus propias carnes el dolor de cualquiera de estos crímenes, pero de verdad, que casi dan ganas de ello.

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