Opinión


20/10/18

Javier Domenech

  1. De susto en susto

    O de sorpresa en sorpresa. Han pasado poco más de 100 días y ya hemos tenido las dimisiones del Ministro de Cultura por fraude fiscal y de la responsable de Sanidad por falseamiento académico, las conversaciones y amistades peligrosas de la Ministro de Justicia, el  camuflaje del patrimonio personal, del ministro encargado de la cartera de Ciencia, acompañado de su señora, nada menos que embajadora de España en Letonia y Malta. O la ocultación de las propiedades inmobiliarias de la Portavoz del Gobierno. Es decir, que el 17  por ciento de los componentes del actual gobierno hacían trampas fiscales, para pagar menos a Hacienda. No está  nada mal como ejemplo de estandarte contra la corrupción. Y como guinda del pastel, el plagio de la tesis doctoral del mismísimo Presidente del Gobierno.

    Todo ello junto a las idas y venidas, órdenes y contraórdenes referentes a acuerdos de fabricación de armamento para Arabia, la decisión de no  defender al juez Llarena del Tribunal Supremo, ante la demanda de la justicia belga, para volverse atrás en cuestión de horas; la proclamación de admitir con toda generosidad a los refugiados del Mediterráneo, seguida de expulsiones en caliente en las fronteras de Ceuta y Melilla;  las declaraciones de considerar a Cataluña como un país nada menos que por el Ministro de Asuntos Exteriores, e incluso las de la Vicepresidente del Gobierno deseando que se liberen los presos que cometieron un acto de rebelión. O las afirmaciones, de la Ministra de Industria, contra el diésel, sin pensar en las consecuencias que se producirían en la industria automovilística. O  de la Ministro Trabajo, a quien le cuelan la formación de un sindicato de prostitutas. O  la responsable de Hacienda reconociendo, pese al griterío antes realizado, que no pueden hacerse  públicas las listas de los que se habían acogido a leyes de amnistía fiscal. Por no hablar de los balones despejados con rostro imperturbable por una Ministra Portavoz, que siempre apoya al futuro cesado, intentando convencer a la parroquia de su honestidad e informándonos, por sí no lo sabíamos, que los misiles para Arabia son tan inteligentes que no matan yemeníes y que el señor Duque había sido astronauta antes de político, como si eso fuera una justificación de su evasión tributaria. Sin duda, hay  portavoces, que mejor estarían calladitos.

    Pocas veces habíamos sido testigos de tan larga serie de rectificaciones y sorpresas. Pero no es lo único. El gobierno se comprometió a convocar unas elecciones tras su exigua minoría parlamentaria conseguida en una  investidura apoyada por la extrema izquierda y los independentistas, pero desde luego , no es esa su intención. Como tampoco parece que se mantenga una actitud de firmeza frente al desafío secesionista catalán, donde unos ministros dicen una cosa y otros la contraria, hasta llegar a afirmar que lo ocurrido el pasado día 1, se considera dentro de lo aceptable. O el viejo rollo de la fiscalidad de las grandes fortunas -- ¡ojalá hubiera tantas en España! -- para solucionar las necesidades futuras, o cargar a la banca con nuevos impuestos, en la angelical creencia de que no repercutirán sobre la ciudadanía. O  que  se piense sostener el  sistema de pensiones, contra toda lógica financiera,  manteniendo su actualización con el IPC.  Y mientras tanto, ¿que pasó de todos los recortes que afirmaban se habían hecho en Educación, en Sanidad o prestaciones sociales?. Nada ha vuelto a saberse de ellos, aunque , eso sí, se gobierna a base de decretos ley imponiendo como asunto principal la exhumación de los restos de Franco y se intentó elaborar unos presupuestos saltándose la normativa constitucional que exige la aprobación del Senado. Casi nada.

    Y mientras tanto, el señor presidente, paseando por el extranjero, en un  la gira más larga realizada por dirigente político alguno, sin poder orden en todo este cúmulo de desatinos.

    Pero es lo que hay. Difícilmente se pueden esperar soluciones, con un nivel tan de mediopelo de los actuales integrantes del gobierno, preocupados en ocultar sus patrimonios o edulcorar sus currículum con titulaciones más que sospechosas.

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