Opinión


16/12/17

Claudio Acebo

  1. La cesta de navidad

    Hace años, cuando todo era distinto, cuando había más carencias, cuando la paga extraordinaria llegaba para lo que llegaba; las empresas que ahora algunos llamarían paternalistas, tenían a bien donar a sus empleados una cesta de Navidad transformada casi siempre en una caja. Sinceramente, siempre creí que la intención era buena; un complemento para las familias numerosas que se las veían y deseaban para llegar a fin de mes, sobre todo en estos días. Teníamos tantas carencias que no teníamos ni vicios. Ahora con los niños pasa lo contrario: ¿qué les regalas? si tienen de todo, ¿cómo sorprenderles?, pero esto lo dejamos para reyes.  Entonces, dos tabletas de turrón (duro y blando), unas peladillas, dos botes de melocotón, dos botellas una de anís y otra del denominado siempre coñac aunque fuese brandy como sentenciaron los franceses, fruta escarchada y poco más, resolvían en parte la papeleta. Pero como todo en la vida, hay clases y clases. Los mismos que daban ese aguinaldo a los que no tenían calefacción en casa con sabañones en sus manos por tanto currar, se desvivían con directores, jueces, presidentes y políticos. ¡Ay amigos!, aquí cambiaba la historia; esa sí que era una cesta en toda regla, recubierta con su papel de celofán, espumillón, lazo incluido y tarjeta ­–cómo no– recordando el envío. Los botes de fruta en almíbar se convertían en caviar iraní de Beluga; las botellas para el sol y sombra, se habían cambiado por whisky de muchos años; la botella de sidra El Gaitero o de cava Dubois se convertía en  champagne Roereder Cristal Brut y la ración de jamón de paleta envasada al vacío de 150 gramos se transformaba en dos espléndidos jamones de 50 jotas… Esta fue la rutina durante décadas; dádivas ofrecidas dependiendo de la categoría del personal. Cestas de un millón de pesetas en productos de consumo que ahora serían catalogadas como un delito de cohecho. Así lo recuerda el art. 54 del Estatuto básico del Empleado Público (EBEP) en el que incluye el rechazo de “cualquier regalo, favor o servicio en condiciones ventajosas que vaya más allá de los usos habituales, sociales y de cortesía, sin perjuicio de lo establecido en el Código Penal”.  Me cuentan que poco a poco todo este delirio de grandezas y de ‘lo otro’, está pasando a mejor vida –me cuesta creerlo–. En cambio, la cesta del empleado suele cambiarse por un décimo de Navidad que está mucho mejor. El problema es que si toca, cierra la empresa porque no trabaja ni dios. Imagínate que el jefe te regale 400.000 euros y que tú generosamente hagas lo mismo a Montoro dándole 80.000. De locos, majete.