Opinión


10/05/21

Guillermo Pérez-Cosío

  1. La mentira política

    Åsne Seierstad (1970) es una periodista noruega licenciada en filología española y que ha cubierto la información de importantes conflictos bélicos para periódicos escandinavos. En su novela “101 Ciento un días” (2007) hace una crónica de lo que ocurría en Irak los días previos al inicio de la guerra del Golfo. 

    Cuenta que al visitar un hospital civil se sorprendió de ver soldados heridos y como esto bien podría suponer que habían comenzado los ataques norteamericanos, se dirigió a un médico para tratar de averiguar cuántos militares iraquíes habían sido ingresados. 

    El médico respondió: “aquí no hay soldados” y cuando la periodista le hizo notar que los pacientes vestían uniformes, el médico insistió: “yo no veo ningún uniforme”. 

    Este es un ejemplo de mentira descarada, de falsedad evidente, que más que engañar al interlocutor lo que en realidad hace es ofenderlo porque, en el lado contrario, la mentira como tal es una característica de la vida política que ha sido descrita e incluso defendida desde la antigüedad por los griegos como una necesidad y algo muy conveniente para la organización y dirección del pueblo. 

    Quizá por ello la mentira política está al orden del día, aunque se soporta peor en los países de tradición puritana como Inglaterra o EE UU. De la importancia que ellos mismos otorgan a la falsedad de sus políticos da fe que según el Washington Post, el expresidente Donald Trump habría pronunciado 8.718 mentiras desde la fecha de su toma de posesión hasta el 17 de febrero de 2019. 

    Entre nosotros, en cambio, no se conoce ningún cálculo parecido referido al presidente del Gobierno y alguno de sus ministros especialmente proclive al uso de este recurso. A pesar de que vivimos en una época en que las intervenciones políticas quedan grabadas y por tanto existe la posibilidad de traer a la actualidad lo dicho hace unos años, o un año, en estos casos la grabación hasta resulta innecesaria porque en no pocas ocasiones son unos simples días los transcurridos entre decir una cosa y sostener la contraria.   

    Precisamente por eso, no nos engañemos, la culpa no está en el político que miente sino en el propio pueblo que se traga las mentiras del político porque se las quiere tragar, porque necesita de esas mentiras para seguir adelante, o incluso porque se siente más cómodo entre ellas.

    Con las mentiras descaradas la cosa es distinta. Que un político sea capaz de intentar de evadir de su responsabilidad por fumar en lugar prohibido contestando de manera sucesiva que el puro que aparece en unas imágenes no es suyo y tras verse en otras con ese puro entre sus dedos, que sí lo es, pero que no estaba encendido, no es un ejemplo de mentira política sino una ofensa a los ciudadanos que merece el mayor de los reproches.

    Al médico iraquí del que nos habla Åsne Seierstad solo le faltó contestar que ni aquello era un hospital ni él era médico. De la misma manera, a nuestro político le podía haber faltado contestar que él no fumaba si no fuera porque efectivamente también lo dijo.

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