Opinión


23/05/19

Javier Domenech

  1. Rull, casi un desconocido

    Rull estuvo siempre vinculado a Convergencia, militando en las juventudes del partido desde que estudiaba Derecho y era conocido como “el talibán” por sus  opiniones radicales defendiendo la opción soberanista muchos años antes de que los herederos de Pujol virasen en esta dirección. Siendo miembro de CiU, ejerció como abogado en los servicios jurídicos de la Generalitat y era un personaje de segunda fila en las labores políticas, pero cuando llegó el momento de formar un gobierno independentista había que darle un carguito: Consejero de Territorio y Sostenibilidad, un puesto ejecutivo marginal. Pero en su afán de alcanzar protagonismo, fue quien impidió el atraque en Palamós del buque que pretendía dar apoyo logístico a los agentes del Cuerpo de Policía y Guardia Civil desplazados a Cataluña para evitar la consulta del referéndum,  en contra del criterio de los prácticos del puerto, que no veían ningún inconveniente técnico. Rull  se jactó de haber impedido la maniobra. Jamás había tomado una decisión importante y ahora pretendía pasar a la historia. Nadie olvidaría su hazaña, y en eso acertó, porque por ello, entre otras cosas, afronta varios años de cárcel.
     
    Josep Rull, es el personaje más acaudalado del Govern,  con un patrimonio de 920.000euros, lo que no está nada mal para quien ha dedicado toda su vida a vivir de la política, aunque fuese a un nivel secundario. Quizás por eso casi siempre aparece como un inocente perrillo faldero, observando lo que hacen los demás, volviendo la cabeza para ver quien está en la sala acompañándole en su trance judicial. Cuando camina, no mira al frente, sino que mira sonriente a sus superiores políticos, inseguro de lo que hace pero feliz de su protagonismo. Porque  nunca logró notoriedad pública  y es casi  un desconocido para la gente. Pero alcanzó su momento de gloria cuando, tras aplicar el artículo 155 constitucional, fue el único que volvió a su despacho, para dar la imagen de que seguía en el puesto como si nada hubiera ocurrido, con fotografía incluida. Ni siquiera nadie había contado con él para planificar la fuga a Waterloo. Hasta que un Mosso de Escuadra entró para decirle que dejara de hacer el ridículo y  se fuera a su casa.
     
    Ante el juez Llarena afirmó que el juicio al que se enfrentaba iba a ser un mero trámite y que la convocatoria del referéndum fue  el momentos más emotivo e importante de su vida política. Orgulloso de su gestión siempre ha dicho que ningún  departamento del Govern se gastó un solo euro públicopara la celebración del referéndum porque los controles impuestos por Madrid hacían imposible desviar dinero. Según su criterio, los gastos en comprar urnas y elaborar papeletas, debieron ser donaciones anónimas. Incluso ignoraba ese asunto, pese a su fervor independentista. Como tantos otros. Con la misma seguridad y desfachatez, que cuando siendo el responsable de la línea de metro de Barcelona que conecta la ciudad con el aeropuerto, ignoró el gasto que pasó de costar 2.800€ millones a 17.000€ millones, transportando la mitad de los  viajeros previstos. Una  pequeña desviación sin importancia, como  todo lo que hacía el ignorado Rull.
     
    Pero nuestro personaje se mantiene orgulloso de todas sus gestiones, incluidas aquellas que propasaban su responsabilidad como encargado de Sostenibilidad y Territorio,  cuando vigilaba las playas, los montes y la amenaza del cambio climático en Cataluña. Por ello, ahora se ve acusado de sedición y  la posibilidad de afrontar varios años de cárcel. Que triste final para quien siempre había sido un protagonista de segunda fila.

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