Opinión


28/06/20

Javier Domenech

  1. Un cocodrilo en Castilla

    Desde la leyenda de la ardilla que saltando de árbol en árbol era capaz de cruzar la península ibérica, pocas fantasías zoológicas han existido en Hispania , que  según los griegos, era tierra de conejos. Durante la Edad Media fue territorio de trashumancia, y desde hace siglos dehesa de toros de lidia, refugio de los últimos urogallos, linces, osos pardos y lobos ibéricos, y periódicamente acogida de medusas playeras, plagas de topillos campesinos e incluso de piojos escolares. La contaminación casi extermina el Mar Menor de Murcia y los cangrejos de los ríos se extinguen, pero otras especies crecen y se multiplican: los lobos ya asoman sus  hocicos en la serranía madrileña, a los buitres hay que alimentarles porque no hay carroña en los campos y los jabalís deambulan por las calles de la España casi vaciada.

    Pero jamás, se supo de la presencia de  cocodrilos en las aguas de nuestros ríos. Lo más parecido eran los lagartos entre los pedregales. Dicen que uno ha sido visto por dos testigos, a quienes les faltó tiempo para huir como si hubieran regresado a un Parque Jurásico viviente. Y desde entonces, andan los  vecinos del Pisuerga y del Duero mirando con aprensión las riberas de sus ríos. Además del coronavirus, lo que les faltaba a los castellanos.

    No se si finalmente, será un tronco flotante, una nutria  despistada o realmente un cocodrilo arrojado por alguien que al verle crecer, decidió desprenderse del animalito. Pero hay otros bichos que habitan entre nosotros y debieran preocuparnos mucho más: la mutación reciente de los políticos hacia una especie agresiva, compinche con quienes buscan las destrucción de España, aliada con quienes durante años hicieron del asesinato su arma dialéctica, envuelta en escándalos e incapaz de reconocer error alguno. El cocodrilo solo muerde, si le acosa. El coronavirus solo te afecta si te expones a él. Pero la nueva clase política hoy, mientras se rodea de compadres, generosamente retribuidos; promulgan las leyes que regirán tu vida, aunque la mitad del país este en desacuerdo, designarán a los jueces que harán cumplir las leyes o esquivarlas, señalarán lo que tus hijos estudiarán y donde. Y anuncian que prohibirán el despido, que serán capaces de mantener a todo españolito con una renta de por vida, alardean de proteger a cinco millones de parados y más si fuera preciso, y todos felices comiendo perdices.

    Un gabinete de más de veinte personas, la mitad de las cuales carece de titulación superior o actividad profesional acreditada, son los encargados de dirigir un país de 45 millones de habitantes, con decretos en situación de alarma cuando ésta ya es inexistente en ningún país del mundo y sin relación alguna con la situación sanitaria. Su labor legislativa es nula, pero se enorgullecen de poder pagar a los millones de nuevos parados. Y constantemente, la mitad del gabinete, empezando por su Vicepresidente, alardean  de desprecios hacia la Constitución del 78, desde la figura del Rey hasta la organización del Estado; del sistema judicial que se resiste a aceptar sus normas; del mundo empresarial acusado de fomentar el despido; de la mayoría de los comerciantes autónomos, ahogados en impuestos; de los agricultores señalados como terratenientes insolidarios; de la Iglesia Católica que busca a través de Cáritas nuevas adhesiones; de los cuerpos de Seguridad del Estado, incluida la Guardia Civil, la oposición política y la mayor parte de la prensa independiente, acusándoles de desear un golpe de Estado.

    Así que no se preocupen mucho del cocodrilo del Pisuerga. Bastante hay con muchos personajes de la bancada azul del Congreso de los Diputados.

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