Un hotel aislado por el coronavirus en Adeje

25/02/20


El H10 Costa Adeje Palace, un resort con una piscina en forma de champiñón en medio del jardín, ha sido cerrado por las autoridades a cal y canto después de que un médico italiano que estaba hospedado en una de las habitaciones diera positivo en la prueba del coronavirus el pasado lunes. Su pareja también ha sido contagiada, según se supo el martes. Dentro del recinto se han quedado aislados 800 huéspedes de 25 nacionalidades diferentes y unos 200 trabajadores que, como Michael, matan el tiempo como pueden.

El hotel, a un lado de una carretera, entre chalés y chiringuitos, ha quedado resguardado por dos perímetros. El primero lo custodia la Policía Local de Adeje, que supone el primer filtro de acceso. La Policía Nacional está a cargo del segundo, que es la última frontera antes de las escalinatas de entrada al hotel. Ahí el personal médico ha levantado un hospital de campaña donde se atendería en un primer momento a un posible contagiado por el Covid-19.

La normalidad en los alrededores es absoluta. El único indicio de que algo ocurre es que la fuerza laboral que mueve una ciudad, como los taxistas, los policías, los carteros y camareros de restaurantes cercanos llevan mascarilla. Los turistas, camino de la playa, no parecen temer nada. Si el Apocalipsis está detrás de los muros de ese hotel, a ellos les pillará en chanclas y con la toalla en el hombro.

Los empleados que no estaban en turno cuando el hotel se cerró al exterior se presentaron este martes religiosamente en su puesto de trabajo. Los médicos les tomaron la temperatura, les sometieron a distintas pruebas y como ninguno de ellos presentaba síntomas pudieron volver a casa hasta nueva orden del director del hotel que, como el capitán del Titanic, permanecerá dentro hasta que la crisis toque su fin. “Todos ellos han firmado un documento en el que se comprometen, por ética, a no salir de casa durante las dos semanas siguientes. No habrá nadie vigilándolos, pero tienen un compromiso con la sociedad y estoy seguro de que lo cumplirán”, explica Ruth Giménez, la presidenta del comité de empresa del centro hotelero.

La mayoría de los huéspedes decidió permanecer en las habitaciones. Los más atrevidos se dejaron caer por el bar y la piscina. Les sirvieron un cáterin preparado por la cocina de un hotel vecino, de la misma cadena H10. A media tarde, un camión frigorífico, conducido por un repartidor con cara de circunstancias, cruzaba los perímetros de seguridad para proveer de víveres al millar de aislados. El contacto entre los que están dentro y los de fuera no es inferior a cinco metros, según el personal de seguridad de la entrada. En la recepción se repartieron 3.000 mascarillas y 300 guantes de látex. Nadie podía quedar desprotegido. ¿Quién pagará la estancia de los confinados? Fuentes del Gobierno de Canarias explican que en este tipo de casos se suelen hacer cargo los seguros, como ocurrió en el caso de La Gomera.

Los familiares de los trabajadores fueron yendo y viniendo durante toda la tarde. Se intercambiaban llamadas y mensajes a través de WhatsApp con los enclaustrados. Les llevaban ropa, iPads con los que ver series y jugar a videojuegos y productos de aseo que uno no suele llevar al trabajo. Se presentó la esposa del socorrista, la hija del cocinero de pescado y marisco, la novia de un camarero, la madre de un animador. Ninguno estaba alarmado. La explicación mesurada y detallada de las autoridades les ha convencido de que la situación está controlada, pese a que hubo un matrimonio italiano que durante una semana pudo esparcir el virus por muchos lugares del hotel.

Felipe, el marido de la camarera de hotel Ruth María, llegó con una bolsa de viaje para su esposa. En casa dejó a su hijo de 11 años, al que le ha explicado la situación lo mejor que ha podido. “Mi mujer es deportista. Hace medias maratones. Tengo entendido que esto le afecta sobre todo a gente mayor y con problemas de salud. Ella es un roble”, explica Felipe.

A su lado pasan un matrimonio belga en bicicleta. Le pide a la policía que les dejen pasar. Él, que claramente supera los 70 años, se quita el casco y explica que viven en esa casita de ahí, justo al lado del hotel. El coronavirus que medio mundo parece temer es su vecino, pero a él nadie le quita la sonrisa: “Estamos muy felices, como si nada. Confiamos en el Gobierno español”.




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