El ocaso de Francisco, después de 88 años de vida y casi doce de pontificado, trae consigo la sensación de algo irreversible, la «revolución de la ternura» iniciada por la renuncia de Benedicto XVI y llevada a cabo por ese sacerdote «callejero», hijo de emigrantes piamonteses -el papá Mario, contador, empleado en los ferrocarriles, la madre Regina Sivori, ama de casa dedicada a criar cinco hijos- crecido en el 531 de la calle Membrillar, en el barrio Flores de Buenos Aires, barrio de italianos donde Alfredo Di Stefano, un señor del que Pelé decía «para mí el más fuerte fue él», recordaba haberlo visto jugar al balón con los otros chicos. El diploma de perito químico, la vocación, el seminario, y a los veintiún años el noviciado de la Compañía en Córdoba, a setecientos kilómetros de Buenos Aires, acompañado en autobús por sus padres: años difíciles, porque en los jesuitas estudian muchos hijos de familias acomodadas, ricas, y de ahí sacará un sentimiento de soledad y resentimiento por esa mentalidad elitista que definirá como la «psicología de príncipes».