Opinión


26/02/18

Javier Domenech

  1. Entre Eugenio y Tip y Coll

    Después de cinco meses de haber aplicado el temidísimo articulo 155 de la Constitución, en una reciente conferencia de prensa, el  portavoz del Gobierno nos ha anunciado que están contemplando introducir algunas reformas en la enseñanza de los niños catalanes con el fin de dedicar más horas al castellano. Tras las preguntas obligadas de los periodistas, aclaró que no era una reforma de las competencias del Estatuto, sino el estudio de cómo estudiar los estudios de los estudiantes que estudian en Cataluña, estudiando cómo sus estudios podrían reformarse, dejando bien claro que tan solo era un estudio inicial que significaba  el estudio cuidadoso de cómo estudiar la aplicación de las mejoras estudiantiles. Ni Tip y Coll lo habrían  hecho mejor. Eso lo decía , lleno de precauciones, nada más y nada menos que el Ministro de Educación y Cultura, quien viene ocupando su cargo desde hace  tiempo, y al parecer, aún no había estudiado adecuadamente el problema. Y al poco, la Ministra de Sanidad, que como no tiene nada que hacer, salta con una historia distinta. Pues que bien.
     
    Si el ministro del ramo aún no se había dado cuenta de que la enseñanza en Cataluña lleva años ignorando los pronunciamientos del Tribunal Constitucional reiteradamente ignoradaos por   los nacionalistas de la Generalitat catalana sentenciando que debían dedicar más horas a la enseñanza en castellano para hacerla equiparable a la dada  en catalán el asunto es más grave de lo que todos conocíamos. Todos excepto el señor ministro y sus directores generales de educación, comenzando por la inspección de servicios y terminando por los fiscales.
     
    Han sido necesarias las continuadas quejas de los padres y de las asociaciones civiles en defensa del castellano en Cataluña, para que el responsable de la política educativa en nuestro país se de cuenta del continuado incumplimiento de las leyes y del adoctrinamiento que durante años se viene practicando en Cataluña. Aquello de que el río Ebro nacía en tierras extrañas, que Santa Teresa nació en Barcelona e incluso que Cristóbal Colón era catalán, nunca fueron motivo de estudio para los inspectores de educación. Al final,  miles de jóvenes crecieron con las convicciones que les dieron sus adoctrinadores maestros y, entre ellas, que Cataluña no sólo no es  España, sino que constituye un vecino opresor.
     
    Mientras la sociedad catalana ha venido sufriendo las consecuencias de una enseñanza que condicionaba el acceso a puestos de responsabilidad o al funcionariado en función del conocimiento del  idioma,  y entretanto los gobiernos nacionales miraban a otro lado o, como ahora, estudian cómo resolver el desaguisado, ciertamente tenemos un problema. El mismo que se añade a la inoperancia de un Ministerio de Interior incapaz de controlar lo que hacen los cuerpos policiales autonómicos. O la de un Ministerio de Presidencia, que ignora la existencia  de  una televisión pública pagada con los impuestos de todos, en la que se siguen defendiendo a los independentistas y contempla al fugado Puigdemont y toda su corte, como representantes legítimos del pueblo catalán. E idéntico al de un Ministerio de Justicia que contempla inane como  una diputada autonómica, llamada a declarar por un juez, afirma sin tapujos que la proclamación de la Republica el pasado 1 de octubre, fue una acción premeditada y cierta, sin que el fiscal de turno adopte ninguna medida, imposibilitando al juez que tome la misma decisión por la que otros compañeros de rebelión están encarcelados hasta el día de hoy. O como el ministerio de Hacienda, incapaz de controlar las cuentas públicas de una Autonomía en rebeldía, estudia, -- otro con la misma historia -- como reducir la deuda catalana mediante generosas quitas económicas, negadas a otras regiones.
     
    Con ese panorama, no es extraño que muchos catalanes, convencidos de pertenecer a un país llamado España se sientan no sólo abandonados, sino incluso estafados por los partidos que se proclaman constitucionalistas y busquen en nuevas formaciones la identidad orgullosa de seguir sintiéndose españoles. Y desde luego, el hartazgo del resto de España hacia quienes dedican toda su atención a vigilar el nivel de la prima de riesgo, el nombramiento de un vicepresidente para el Banco Central Europeo, o el retiro al limbo de qué hacer con el futuro de las pensiones, mientras permiten que el endeudamiento sigue su ascendente galopada, confiados en que los demás son aún peores.
     
    El genial Eugenio se preguntaba: "¿Sabes aquel que diu?.... Uno que va a ver a un adivino, llama a la puerta y le contestan: ¿Quién es?. Y él responde: ¡Pues vaya mierda de adivino!". Pues en eso estamos. O dejan de estudiar los problemas y toman medidas o las próximas elecciones van a colocar  a cada uno en el lugar que se merece.

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