Opinión


22/02/22

Enrique Álvarez

  1. La armonía del mal

    Podríamos hablar de la tormenta perfecta. Son tantos y tales los infortunios que se suceden sobre la Iglesia en los últimos tiempos que su ruina se diría ya próxima. No hace falta mencionarlos, porque pueden resumirse en uno: la pérdida de autoridad y de credibilidad. La Iglesia ha dejado de ser aquella institución, la única del mundo, que transmitía una verdad perenne. O eso impresión da.

    Pero ocurre una cosa muy curiosa. Si la Iglesia está herida de muerte, si Dios mismo murió hace un par de siglos, es decir, si Dios nunca existió, lo normal sería que la dejaran morir en paz. Pero está lejos de ser así. Hoy los ataques a la Iglesia se redoblan, se multiplican, y sobre todo, se vuelven más sutiles e inteligentes. ¿Por qué?

    Podemos pensar que el universo está regido por leyes ciegas, leyes sabias pero impersonales. Es lo que piensa el común de los científicos. Sin la hipótesis de un dios providente, el cosmos es una maravilla sin intención, y en cuanto a la historia, la historia de la humanidad, sería una mezcla de maravillas y de horrores también sin intención. La historia no está dirigida por alguien fuera de ella, sino que es sólo la suma de los aciertos y los errores, las bondades y maldades de los trillones de hombrecillos que han pasado y pasarán por el planeta Tierra. 

    Eppur si muove. Y, sin embargo, parece que hay alguien. Parece como si últimamente, detrás de todo el cúmulo de adversidades que se suceden sobre la Iglesia, una mano invisible estuviera ordenándolo todo para que el efecto devastador fuera el máximo. No es posible comprender de otra manera que, en el momento en que resultaría más necesario que nunca que su voz sea oída y tenida en cuenta, la imagen de la Iglesia aparezca tan dañada y desacreditada.

    Cuando una mente serena esperaría que, a la vista del desarrollo científico y tecnológico, la Iglesia fuese dejada a un lado como ilustre antigualla y sólo produjera sentimientos de desdén o de indiferencia, nos encontramos con una furia activa acometiéndola, no ya como si quisiera darle el tiro de gracia de una vez por todas, sino como si se tratara de un enemigo todavía muy vivo y peligroso ante el que toda tregua sería imperdonable.

    Fuera de la fe, la vida no tiene más sentido que el vivirla, bien a la manera hedonista o bien a la estoica. Para el creyente, en cambio, existe un sentido más allá de esta vida; sentido que sólo puede darlo la existencia de un dios personal. Así lo expresa el texto más profundo y rico en significado de toda la Biblia, el prólogo del Evangelio de Juan: “En el principio existía la Palabra (…) y la Palabra era Dios (…) y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros”. Eso está expresando lo esencial de la visión cristiana: que el mundo no existe por sí sino porque una inteligencia lo ha creado, y que esa inteligencia no sólo es poderosa sino que es libre y es buena: es personal: de ahí el hombre, como imagen de Él.

    Estas dos visiones del mundo podrían convivir pacíficamente, pero no lo hacen. Quizá no deban hacerlo. Quizá la luz y las tinieblas deban mantener esta lucha sin tregua, que ahora, después de tantos siglos, parece llegar a su fin cuando la luz de la ciencia se impone para siempre sobre la oscuridad de le religión. ¿O es al revés: las tinieblas del ateísmo (la esclavitud del hombre al cosmos) apagan para siempre la luz de la libertad en Dios? 

    A lo largo de la historia los creyentes (los oscurantistas, según los unos, o los hijos de la luz según los otros) han tenido numerosos indicios de la acción de ese dios personal, inteligente y bueno que todo lo conduce hacia el bien, a pesar de las calamidades más terribles. Pero hay algunas épocas en la historia, y la nuestra es el ejemplo, en que esos indicios parecen velados completamente. Épocas en que la fe se ha quedado sin argumentos. El hombre está solo en un mundo sin luz, sin logos, sin palabra, o cuya única palabra son las mentiras del dinero y de los poderes que lo sirven. 

    Lo cierto es, sin embargo, que a la Bestia siempre se le ve por algún lado la patita. Y es que, cuando todo parece conspirar contra la Iglesia, acaso sea por algo. Esta racha incesante de acoso ¿no revela un sentido? ¿No hay en ella una orden, una estrategia y una armonía demasiado grandes para ser casuales?

     Si al mal no fuera inteligente, quizá estaríamos perdidos, pero lo es, cada vez más. La inteligencia suprahumana está claro que existe y por ahí debe alumbrar nuestra Esperanza.

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