Opinión


17/11/17

Enrique Álvarez

  1. Patria, sí

    No parece temerario aventurar que la fecha del próximo 21 de diciembre va a ser decisiva para el futuro de nuestro país; tan decisiva y tan arriesgada que bien podría decirse que en las próximas elecciones de Cataluña la nación española ha decidido jugarse su futuro a una sola carta.

    Si ese día las fuerzas independentistas (incluyendo entre ellas, por supuesto, al partido de Ada Colau) obtienen una mayoría, por mínima que sea, el estrago que espera a España es de proporciones inimaginables. Pero no voy a ejercer aquí de catastrofista ni de profeta. Ignoro lo que va a pasar ese día. He leído encuestras y ninguna formula todavía predicciones claras, excepto que el nacionalismo burgués (la antigua Convergencia) se hunde y que el PP no va a mejorar gran cosa. Se augura un resultado apretadísimo. Se anticipa que será clave el papel que haga el populismo, aunque es evidente que el sector de Ada Colau antes apoyará a los independentistas (por republicanos) que al bloque constitucionalista.

    Voy a reflexionar solamente sobre los dos principios que entrarán en liza, encarnizada liza (a vida o muerte), en estas elecciones. Son, si se me permite usar aquí la jerga freudiana, el principio de realidad contra el principio del placer. La sensatez contra la ilusión. Sancho Panza contra don Quijote. Debería ganar el primero, porque la realidad siempre acaba imponiéndose, pero ocurre que a veces tarda mucho en hacerlo, ocurre que a menudo la ilusión es muy terca, y eso puede ser lo que acontezca en Cataluña el día 21 del mes que viene. Y el pueblo español tendrá entonces que atarse los machos.

    Que nadie se escandalice de que yo diga que los independentistas catalanes representan el idealismo (frente al realismo de los catalanes españolistas). Los partidarios de Puigdemont y de Jonqueras son todo lo separatistas que se quiera, todo lo trapaceros, todo lo falaces, todo lo fanáticos, todo lo xenófobos que se quiera, pero viven con una gran ilusión colectiva, tienen un sueño o un proyecto de nación que les hace vibrar, que les da fuerza frente a toda oposición y adversidad. E importa muy poco que la realidad les haya mostrado estas últimas semanas que una hipotética República de Cataluña escindida de España va a suponer una ruina para su economía. Porque cuando se es idealista, cuando se vive de sueños y emociones persistentes, el dinero pierde valor.

    Y ¿qué es lo que hay frente al desvarío? ¿Qué es lo que ofrece a los catalanes y al resto de los españoles el llamado bloque constitucionalista? Ofrece dos cosas: respeto a la Constitución de 1978 y defensa del bienestar económico. Pero lo primero, además de una falacia (porque el PSOE se propone desguazar esa Constitución) es una vaciedad (¿a quien puede hacer vibrar un proyecto político que sólo ofrece mucho legalismo?); y lo segundo es una insuficiencia. No, señores del gobierno español, la economía no basta, la economía es muy importante para un pueblo, pero ella sóla no mueve a las multitudes y a los votantes.

    El peligro que los nacionalismos periféricos representan para la nación española no empezó este verano, ni empezó siquiera con las cesiones del gobierno central a los autonómicos en materias clave. Empezó con la renuncia de la España de 1978 a cuidar y mantener ese patrimonio inmenso que llamamos hispanidad, las raíces poderosas del sentimiento de la patria hispánica. No conviene engañarse en esto: por supuesto que esos nacionalismos separatistas se nutren de un odio a España deliberadamente cultivado, pero se nutren mucho más del gran vacío -en lo conceptual y en el imaginario- en que esta nación de todos ha caído por desidida de los sucesivos gobiernos centrales.

    Llevo mucho tiempo leyendo entrevistas aquí y allá con personajes famosos a los que se pregunta por las razones de su amor a España (si es que lo tienen). Y me llama la atención que nadie es capaz de decir nunca una razón mínimamente seria: aman a España por su gastronomía (!) o por la variedad de sus paisajes o la vitalidad de sus gentes. Para echarse a llorar.

    El pasado día 7 de noviembre se cumplieron 500 años del fallecimiento del Cardenal Cisneros, una de las figuras mayores de nuestra historia y de nuestra cultura, un personaje sin el cual es más que probable que en España jamás hubiera habido Siglo de Oro. ¿Y qué ha hecho el gobierno español para conmemorar la efeméride? Res de res.

    El principio de realidad a secas, sin ilusiones ni ideales, no sirve a los pueblos. Si la única razón que tenemos los españolitos de hoy para mantenernos unidos es la mera conservación de nuestro estado del bienestar, es evidente que, aunque el 21 de diciembre el bloque constitucionalista logre ganar en Cataluña, este país nuestro no podrá sobrevivir mucho tiempo al vaciado minucioso del sentimiento de patria, de que son responsables lo mismo la izquierda que la derecha.