Opinión


17/05/17

Enrique Álvarez

  1. Apariciones y desapariciones

    Hoy se cumplen cien años del fenómeno religioso más resonante del siglo XX: las apariciones de la Virgen María en la aldea portuguesa de Fátima. Allí, entre el 13 de mayo y el 13 de octubre de 1917, la Virgen no sólo dijo sino que predijo e hizo, y todo lo que predijo se cumplió, y todo lo que hizo quedó perfectamente hecho.

    Claro que lo importante, se me dirá en seguida, no fue el milagro del sol y otros fenómenos extraordinarios constatados de modo incuestionable; ni siquiera las predicciones sobre el final de la Primera Guerra Mundial y el comienzo de la Segunda, y sobre el abismo de horror que representó para el mundo la revolución soviética. Lo importante fueron los frutos de aquella manifestación mariana: lo realmente asombroso de Fátima fue la recristianización de Portugal, el país más sometido de toda Europa a la opresión del laicismo masónico. Recristianización que se extendió vertiginosamente por toda la cristiandad en el periodo comprendido entre la tercera y la sexta década del pasado siglo. Un fenómeno de conversiones masivas, de retorno a la fe católica, que hoy a muchos les parecerá cosa de fábula, mientras que otros lo verán como un mero efecto humano de las tribulaciones causadas en ese periodo por las guerras y por las dictaduras y el totalitarismo de uno u otro signo, pero que real y verdaderamente supuso la recuperación por las masas populares de una religiosidad que parecía ya cosa del pasado; de un pasado anterior a la Ilustración.

    He hablado de la sexta década del siglo XX, porque ¿quién negará que a partir de 1960 ese fenómeno de recristianización del mundo occidental se enfrió drásticamente? ¿Quién negará que la vigencia de Fátima hoy sólo puede sostenerse “reinterpretando”, es decir, adaptando, actualizando, cuando no tergiversando su mensaje de 1917?

    Hay que mirar con ojos limpios ese mensaje para percatarse de hasta qué punto está eclipsado en la Iglesia actual; limpios, quiero decir, de los prejuicios de la mentalidad “aggiornata” que de una forma u otra se apoderó del lenguaje religioso. El mensaje de Fátima fue tremendamente sencillo y elemental: la necesidad de convertirse los pecadores para librarse de las penas del infierno (es decir, en el Más Allá) y para librarse los hombres de las desgracias del mundo (en el Más Acá). ¿Y cuál era el medio para operar esa conversión? Algo tan simple y tan primitivo como esto: la oración, el ayuno y la penitencia. ¿Y qué clase de oración? La más normalita de todas: el rosario. El rosario y, para los fines públicos, la consagración del mundo al inmaculado corazón de María. El rezo asiduo del rosario, naturalmente con el debido fervor y las debidas disposiciones, bastaría para convertir a la gente, para sanear y mejorar el alma y el corazón de las personas. Eso, y no otra cosa, fue Fátima: esa necedad (“lo necio del mundo”, que decía San Pablo), esa simpleza. Pero ¡qué eficaz mensaje! Un brote extraordinario, arrollador, de religiosidad popular, de devociones sencillitas y, si se quiere, pueriles, pero sinceras, vivas, contagiosas y altamente transformadoras. Justo lo que hoy se ha perdido: aquel gusto por las plegarias, los cantos y los ritos tradicionales, en iglesias y calles, que hoy dan un poco de alipori a los mismos católicos cultos y evolucionados. Pero fue aquello, sí, aquella necedad y pequeñez lo que probablemente salvó al mundo de una tercera guerra mundial devastadora.  

    ¿Y qué decir ahora de las posteriores apariciones marianas? ¿Qué pensar, después de Fátima y a la luz de hoy, de Garabandal, por ejemplo, o del Escorial, o de Medjugorje?

    Todas vinieron a decir lo mismo, o más exactamente, todas empezaron haciendo y diciendo lo mismo que Fátima. Y todas se toparon con la mentalidad “sesentayseisista” (de 1966, por poner un año concreto) que las desquició. Cuán evidente es, sobre todo en el caso de Medjugorje, que un fenómeno de intervención mariana que no recibe en el momento oportuno, esto es, en su inicio, léase en sus primeros tres o cuatro años, la protección de la Jerarquía, se descompone pronto y se malogra irremediablemente. Fátima lo tuvo (Monseñor Correia Alves, obispo de Leiria desde 1920). Garabandal y Medjugorje no lo tuvieron. Y mientras Garabandal acabó como una profecía tristemente incumplida, Medjugorje ha degenerado en una especie de gran industria de mensajes del cielo completamente monstruosa.   

    Hoy la Iglesia ya no predica apariciones. Predica más bien desapariciones. No hay que creer en supuestos milagros, prodigios ni fenómenos extraordinarios (son nada o son cosa del Maligno). Hay que hacerlos desaparecer. Parece que los únicos signos que valen son la acción caritativa y la planificación pastoral. Y, por supuesto, encíclicas papales cada vez más prolijas y dilatadas. Sin olvidarnos también de las jota-eme-jotas. Y mucha cadena de televisión. Y mucho miedo a molestar al mundo.