Opinión


21/04/26

Enrique Álvarez

  1. El delirio más prodigioso de la Historia

    Si, como afirmó días atrás el profesor del País Vasco Borja Vivanco en una tribuna famosa de Santander, el cadáver de Jesucristo hubo de acabar en una fosa común y, por tanto, los relatos evangélicos sobre su resurrección y su inexistente tumba vacía son meramente experiencias subjetivas, visiones sólo “entendibles desde la fe” o, lo que resulta más científico, trastornos de estrés postraumático (sic), estaríamos no sólo ante el mayor delirio colectivo de la historia sino sin duda ante la mentira más prodigiosa que han visto los siglos.

    Ocurre, sin embargo, que la tesis del Sr. Vivanco en su tribuna tampoco es entendible sino desde la fe. Sólo la fe, su fe en que Cristo no pasó de hombre normal y el Nuevo Testamento no pasa de conjunto de leyendas piadosas, explica le endeblez de sus argumentos, que se limitan a considerar históricamente inverosímil la condescendencia de Pilato con los discípulos de Jesús al permitir una sepultura individual. Y es que los escépticos son así. Los tipos pirrónicos como el Sr. Vivanco, con tal de no creer en los dogmas de la Iglesia, son capaces de creer en cualquier otra clase de dogmas. Entiendo que puede costar mucho dar asentimiento a la idea de que un hombre haya resucitado, incluso si una acepta que ese hombre es Dios, es decir, la encarnación del Creador del universo, del autor de la vida y de sus prodigios infinitos. Pero, igual que los ateos pueden tragarse la idea de que un cerebro como el de Bach o el de Albert Einstein, o la perfección de un rostro como el de Greta Garbo, son puro fruto del azar, cualquier profesor doctor es capaz de creerse que una caterva de palestinos ignaros del siglo I, que acaban de ver morir en el infame tormento de la cruz a su maestro, más un grupo de mujerzuelas visionarias, se monten en menos de veinte años la patraña de que ese hombre resucitó de la tumba, y por defender tal patraña se enfrenten a todos los poderes establecidos y se dejen matar cruelmente, ¡se dejen torturar por su fe en un tipo al que vieron morir y ser enterrado en un fosa común como un facineroso fracasado más! 

    Pero no sólo esto, esta grotesca credulidad, este huir de Guatemala para caer en Guatepeor. Los historiadores pirrónicos que tenemos, incluso en cátedras universitarias, niegan validez a los relatos neotestamentarios sobre la resurrección y sobre los milagros de Cristo, no ya por su inverosimilitud intrínseca, sino por las discordancias que presentan entre sí y por el largo tiempo transcurrido entre la vida de Cristo y la redacción de los manuscritos conservados. Pero esas discordancias entre los cuatro evangelios, que son de mero detalle, que no afectan a lo esencial de los hechos, antes que restarles credibilidad se la confieren, porque así es más patente que los cuatro evangelios no se limitan a reproducir una falacia fabricada, sino que cada evangelista cuenta lo que su memoria personal, o la del apóstol que lo vio y se lo contó, conserva de las acciones de aquel hombre inolvidable que fue Jesús de Nazaret. Y todos sabemos que la memoria nos altera muchos detalles y circunstancias de los mejores sucesos de nuestra vida, aunque no lo importante.

    Y esa afirmación tan reiterada de que el Nuevo Testamento se redacta muy posteriormente al transcurso de la vida de su protagonista, es un abuso del rigor científico. El primer texto, cronológicamente, que habla de la resurrección de Cristo es la primera epístola a 1os Corintios, datada -sin la menor duda ya- en el año 55, es decir, sólo veinte años después de la Crucifixión. Pero veinte años no es nada, máxime en tiempos como aquellos en que las gentes poseían memorias poderosas y los sucesos no se acumulaban ni la vida iba tan rápido como en la actualidad. Esa cita que digo de 1 Corintios 15 es un tan contundente sobre el hecho de las apariciones de Cristo, no sólo a los apóstoles y a las mujeres sino a más de “quinientos hermanos”, muchos de los cuales vivían todavía, que ningún historiador serio de la antigüedad la pondría en duda hoy de no ser por la necesidad imperiosa del ateísmo de combatir las raíces de la religión cristiana. ¡Bueno era Saulo de Tarso, es decir, San Pablo, para dejarse engañar por mujerzuelas o por unos pescadores galileos analfabetos!

    De modo que el Sr. Vivanco Díaz pueden muy bien sostener que la abundancia y pluralidad de los testimonios neotestamentarios sobre la resurrección de Cristo son una invención de la fantasía humana, pero tendrá que explicarnos también cómo pudo suceder que los falsos testimonios y las mentiras de una secta oscura y menesterosa del judaísmo del siglo I pudo dar lugar a la gran revolución espiritual que fue el cristianismo en aquel Imperio Romano tan inconmovible.

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