Opinión


27/06/18

Enrique Álvarez

  1. Los nuevos sepulcros blanqueados

    Ya lo hemos conseguido. Ya tenemos una sociedad en la que no van a gobernarnos nunca más las personas eficaces, sensatas y experimentadas, sino las personas que más chillen y que más piedras arrojen en esta lapidación incesante y universal en que se ha convertido hoy la vida política en España.

    Todos sabemos que la vida humana es puro teatro, y me refiero al aspecto social de nuestra existencia. No hacemos más que fingir y aparentar, fingir y representar. Pero en esa ficción absoluta, en las sociedades sanas, hay papeles de todo tipo, y los valores que cotizan son múltiples y tienden a un cierto y natural equilibrio. Unos se hacen los sabios, otros los fuertes, unos se arrogan belleza, otros virtud, unos van de implacables, otros de mansos y humildes, unos se regodean en su cinismo, otros venden humanidad. En las sociedades y en las épocas libres, la persona desarrolla el papel que más le gusta, y triunfa o fracasa según sus dotes o según su capacidad para dar una utilidad a sus conciudadanos.

    Lo malo es cuando, en épocas muy trabajadas por la corrupción, se produce un extraño corrimiento de los valores, ese equilibrio se pierde, y pasan a cotizarse únicamente los papeles que podríamos llamar morales, o éticos. Son las épocas puritanas. Las ha habido siempre, no las inventó Calvino en el siglo XVI. Al menos en la Biblia aparecen en periodos muy dispares. Nosotros estamos viviendo ahora mismo una época puritana, horriblemente puritana. Un clima político y social en que todo parece sustanciarse en términos de corrupto o no corrupto, de pillería u honradez. Pero el mal no está en la simplificación, en la brutalidad con que se juzga en estos tiempos al ser humano (al menos a todo aquel que aspira a ejercer una función en lo público) sin un átomo de prudencia, sin matiz ni empatía, con el maniqueísmo más necio y elemental. No, lo malo está en que se pervierte la estructura social, que ha de estar construida desde toda la gama de cualidades de las personas y que ahora se quiere cimentar exclusivamente en dos columnas llamadas decencia e igualdad.

    Y como parece que ya no cuenta nada más que esas dos columnas, todo el mundo está obligado a fingir que es cien por cien decente y cien por cien enemigo de toda desigualdad. Entonces es cuando la mentira y la ficción connaturales a los humanos, en lugar de estar dispersas en mil facetas, se concentran en una sola, y la convivencia pública se vuelve irrespirable, porque el único modo positivo de demostrar que uno es decente e igualitario es señalar continuamente con el dedo a los que no lo son. Así se ha llegado a esta situación política en nuestra democracia, en que los partidos, los parlamentos, las vías de comunicación ya no son otra cosa que máquinas donde denunciar deshonestidades y faltas de igualitarismo en los demás. Ya prácticamente no se puede hacer otra cosa para sobrevivir: acusar, censurar, condenar. Las hogueras y jaurías mediáticas, las guillotinas simbólicas están que no paran, porque se corre el peligro de que si uno no condena ni censura lo suficiente no tardará en verse él mismo condenado y censurado. La política en España ha parado en esto, en esta asquerosidad.

    La verdad es que el hombre y la mujer, como hechos de la nada, tienen un componente muy grande de imperfección y de mentira. Todo hombre y toda mujer. Estamos condenados a ir por la vida haciendo que somos, haciendo que hacemos, exagerando poco o mucho, exhibiendo lo bonito, ocultando lo feo que hay en nosotros. Postureando. Siempre, siempre, siempre. Pero de todos los postureos y las mentiras, la peor de todas es la de la virtud, la de los que se dicen puros, la de quienes se venden como impecables e incorrompibles y execran a sus semejantes por no serlo. En épocas sanas nada indigna más que la hipocresía. En épocas insanas como la nuestra, la hipocresía es un monstruo que lo devora todo. A aquel que se proclamaba Hijo del Hombre y que resultó ser Hijo de Dios, nada le provocó más ira que la hipocresía y el fariseísmo. Nada, ni la corrupción de los publicanos, ni el latrocinio ni el adulterio, ni siquiera la crueldad y la opresión de los representantes del César. Nada tan grave para él como la impostura de quienes se creían dueños de la virtud.

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