Opinión


27/02/26

Enrique Álvarez

  1. Miré los muros de la patria mía

    Como tantos españoles de cualquier condición, deseo fervientemente que Pedro Sánchez deje ser presidente del gobierno. Lo deseo no porque me repugne el individuo ni porque me contraríen las ideas que él representa, sino porque es claro que no está ejerciendo el poder para el bien de su país sino para su mal, es decir, siempre en contra de sus intereses. Porque es claro que este presidente está permitiendo algo terrible y absolutamente insólito en la historia europea de los últimos siglos: que una nación sea gobernada por los enemigos de la misma. ¿Dónde se vio tal cosa? Hitler llevó a Alemania a su destrucción casi total. Pero Hitler quería el bien de Alemania, sólo que fue un loco atroz. Sánchez no es un loco atroz. Es sólo un traidor que ha entregado fríamente el mando de España a quienes la aborrecen y desean su mal, a cambio de su bien personal.

    También, como tantos españoles, creo que Pedro Sánchez está próximo a caer. No convocará elecciones anticipadas, e incluso alargará la legislatura hasta finales de 2027, pero el tiempo pasa veloz y, por mucho que engorde el censo electoral con extranjeros que le voten a él, más otras artimañas que le aseguren el apoyo de toda la izquierda, es tan evidente que la mayoría del país desea un cambio que su derrota en las urnas de aquí a veintidós meses va a ser inexorable.

    Lo que ya no veo tan claro es que ese cambio o relevo en el poder vaya a traer a España una mejoría real. De entrada, las diferencias ideológicas entre el PP y Vox son tan profundas que nadie apostará por un pacto de gobierno verdaderamente sólido. Los roces y desacuerdos están garantizados. España va a tener un gobierno frágil. Pero el problema mayor no será ése, sino que, unidos o desunidos los dos partidos, las reformas que se afronten van a necesitar una energía política de la que muy presumiblemente carecen. La calle se les va a echar encima y dudo mucho que haya valor en Feijoo y en Abascal para enfrentarse a ella. Rajoy no lo tuvo y, salvo algunas reformas económicas, dejó intacta la obra maligna de Zapatero. ¿Se atreverán estos otros dos a derogar las leyes inmorales, inicuas e injustas y la política malgastadora y confiscatoria de Sánchez, es decir, la obra de nuestros enemigos, separatistas y podemitas, la extrema izquierda, es decir, la Antiespaña?

    La calle es suya porque saben movilizarse e intimidar. No tienen razones ni argumentos, pero manejan muy bien el poder de la masa, la fuerza emocional de la demagogia y el clamor de ciertos mitos. Y el principal de todos es el del progreso. La derecha que viene está contra el progreso, dicen, contra los derechos conquistados, lo cual es una sandez mayúscula, pero todavía no se vislumbra el político español sin miedo a derruir ese mito, con agallas para decirle a la masa vociferante que ese progreso suyo es una mierda y que lo necesario es reaccionar, limpiar, regenerar.

    No lo veo, la verdad. La calle da demasiado miedo a nuestros políticos de derechas. En Santander o en Castilla o en Andalucía, el poder de la calle no será objetivamente gran cosa, pero en Cataluña, en el País Vasco y en Navarra la confrontación exigirá al nuevo gobierno dosis muy altas de coraje y autoridad moral para adoptar las medidas imprescindibles que reviertan, in extremis, la decadencia de España.

    “Miré los muros de la patria mía”… Tengo siempre presente en la memoria ese verso de Quevedo, de su soneto más famoso, y tal vez el soneto más bello de la literatura española. Los muros de España se desmoronaron en su tiempo, el siglo XVII, porque España era un país agotado y el pueblo, sus gentes, no daban más de sí. Costó casi dos siglos volver a levantarlos, hasta que cayeron de nuevo en la invasión napoleónica. Pero en este caso, como tiempo después en los años setenta del siglo XX, el pueblo español estaba muy vivo, estaba muy orgulloso de su patria y fue capaz de ponerse en pie e iniciar un tiempo próspero y creativo.

    Mucho me temo que eso ya no sea posible. Me parece que los españolitos de hoy día están mayoritariamente atontados y espiritualmente esterilizados. Saben que el sanchismo está siendo nefasto para el país, pero se hallan muy lejos de comprender y apoyar la profundidad y el alcance de las reformas de todo tipo que serán necesarias para evitar que los tres frentes que hoy tiene delante --los nacionalismos periféricos, la penetración islámica y la pérdida de nuestra memoria histórica-- terminen de desmoronar España.

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30/04/26

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