Opinión


07/07/17

Enrique Álvarez

  1. Cuando a pensar se le llama odiar

    Dichosos los tiempos en que nos quejábamos del relativismo. Porque bien puede decirse que su hora ya ha pasado. Henos aquí metidos de lleno en una nueva época de feroz absolutismo, en lo ideológico y en lo político. Bien lo comprobamos estos días, sin ir más lejos, con las celebraciones del “World Pride”, Orgullo Gay, o fiestas mundiales de la libertad/diversidad sexual, que ya no tienen suficiente con una sola jornada o solemnidad y se van convirtiendo en una novena.

    Lo más llamativo de este año, en dichas fiestas, ha sido la presencia política, la unanimidad política. Ni una discrepancia ni un matiz diferenciador. En España al menos, todos los partidos han participado, se han sumado sin rechistar, han perdido el culo por aparecer junto a la gran bandera iridiscente. También ese partido, ese gran partido que dice representar a los españoles de ideario conservador y del humanismo cristiano. Todos. ¿Por qué lo han hecho? ¿Lo han hecho por miedo o vergüenza de ser señalados como homófobos? Sinceramente creo que no. Estoy convencido de que han ido porque les ha parecido perfecto que se festeje y se vindique a tutiplén la tolerancia con la libertad/diversidad sexual, por más que esta libertad/diversidad lleve años vindicada, reconocida, instituida, protegida; por más que no haya el menor atisbo de amenaza para ella en el horizonte político ni social; por más que la homo y la transexualidad y sus afines estén hasta en la sopa, estén presentes y normalizadas totalmente, y nos las metan por los ojos a diario en nuestras pantallas.

    Sí, hemos retornado al absolutismo, al imperio de lo dogmático, al pensamiento único. Pero hay otra cosa llamativa en las celebraciones de este año. Y es que han sido menos faltonas. Este año las huestes y sus caudillas y caudillos, los manifestantes por la libertad y la diversidad, no han ido propiamente contra nadie, no se han visto ataques ni escarnios a ninguna institución. ¿Se han vuelto ellos mismos más tolerantes y respetuosos? No lo creemos. Más bien es que se han quedado sin nadie a quien combatir y escarnecer. No han tenido ya la menor oposición. ¿Qué autoridad, civil o religiosa, qué jerarquía, qué voz autorizada se ha alzado en alguna parte para ponerles el menor pero? Esto se llama paseo militar, o triunfal. Un paseo triunfal es lo que ha sido, entre otras cosas, la fiesta del Orgullo Gay 2017. Vencida toda resistencia. (Miento: un párroco de Hospitalet de Llobregat se atrevió a declarar en su homilía dominical que los actos homosexuales son un pecado grave contra la castidad y hasta hizo una cita al respecto de San Pablo; pero ya se ha ocupado de él la fiscalía correspondiente, a requerimiento de la Generalitat, y ha sido incriminado por delito de odio).

    Sí, esta ideología ha triunfado, ha arrasado, y nadie puede contradecirla en el ámbito público sin sufrir las consecuencias sociales y jurídicas más desagradables. Eludamos el tópico de “estamos ante una nueva inquisición”. Porque ya quisiera la Inquisición Española, incluso en sus mejores tiempos, haber dispuesto de un aparato tan eficaz para aplastar disidentes y uniformar conciencias como el que tiene hoy en sus manos el lobby LGTBIC.  

    He dicho aplastar y uniformar, exagerando un poco. Dejémoslo simplemente en silenciar. Se ha silenciado, se ha conseguido tapar la boca a todo aquel, del Rey y del Papa para abajo, que se atreva a proponer, sólo proponer, que todavía hay muchos millones de ciudadanos en este país que no están ni pueden estar de acuerdo con esa ideología. Muchos millones de ciudadanos a los que se está privando de su derecho a decir lo que piensan, y a pensar lo que de verdad piensan y sienten, a propósito de la vida sexual y familiar. Todavía muchos miles de santanderinos, millones de españoles y cientos de millones de personas de todo el mundo que piensan y sienten que los defensores y defendidos del lobby LGTBIC tienen perfecto derecho a vivir su vida amorosa como quieran, pero que no tienen el mismo derecho a imponernos a los demás, por la coacción de la plebe y por el control de los principales medios de comunicación, su propio pensamiento y su propias fobias, su fobia a la familia tradicional, su fobia al cura que predica el Evangelio, su fobia al escritor que defiende las raíces morales de la civilización.

    Y ya que no hay una sola fuerza política que se atreve a hacerlo, alguien debería decir en público, como una mera opinión más, que estas fiestas del World Pride, sobre todo las de Madrid, son un poquito abusivas y exageradas, ofenden un tantico al buen gusto, agreden una pizca al resto de los ciudadanos, a los que siguen pensando que el pudor es una cosa todavía digna de preservarse, que el pudor es una pulsión tan válida aún para las parejas heterosexuales como para las que no lo son. Una opinión, si se quiere, rara y marginal, pero habrá que ver hasta qué punto esos defensores tan orgullosos de la libertad/diversidad en lo sexual respetan también la libertad/diversidad en lo ideológico.

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