Opinión


30/09/20

Enrique Álvarez

  1. Cuando las barbas de Venezuela veas pelar

    La sensación que tenemos en estos días muchos ciudadanos españoles, me atrevo a decir que la mayoría, es la de una profunda impotencia y una desesperanza total. Los problemas del país se agravan, el económico, el sanitario y el más terrible de todos: el colapso que están sufriendo los servicios públicos; se agravan de día en día y, sin embargo, cunde la convicción de que el Gobierno no los siente ni los padece. El Gobierno español actual maneja muy bien los problemas gravísimos, sin importar que se están convirtiendo ya en catástrofes; incluso hasta podría creerse que le convienen las catástrofes, que les sabe sacar partido, como quedó bien patente el pasado mes de marzo.

    Hasta hace no mucho tiempo, como es propio y normal en toda democracia, aquellos ciudadanos que nos sentíamos descontentos con la mala gobernación del Partido Socialista, y que padecíamos sus consecuencias muy reales, teníamos el consuelo de esperar que en la siguientes elecciones generales el pueblo iba a cambiar las cosas con su voto, porque el pueblo no iba a aceptar que esos males se perpetuasen, y así sucedió en 1995 y en 2011. Pero ahora, en 2020, ya estamos viendo que eso se ha terminado, que por grande que sea el deterioro en las condiciones de vida de los españoles, por mucho que nos venga a la memoria la enorme diferencia entre la España próspera de 2018 y la España arruinada de 2021, la fuerza política que se ha adueñado del poder en este país tiene capacidad e industria suficiente para persuadir a la mayoría de los votantes de que son lo mejor o lo menos malo, y de que no hay alternativa a esa fuerza política.

    De modo que “lasciate ogni speranza”. Pedro Sánchez es mucho Pedro Sánchez. No comparto ese opinión de que este Doctor Sánchez no es más que un falsario ambicioso y narcisista. No, el actual presidente del gobierno español es un político excepcionalmente hábil y capaz. No hay duda de que nadie podría considerarlo un tipo brillante e inteligente, y tampoco la hay de que fuera de España no cuenta precisamente con prestigio ni simpatía, pero Sánchez tiene, además de una astucia singular para maniobrar con los resortes del poder y de una infinita ambición para perpetuarse en la Moncloa, una cualidad que lo hace prácticamente invulnerable: conoce a la perfección al pueblo español actual, o por decirlo con más exactitud, conoce su simplicidad y sus carencias, y sabe cómo utilizarlas. Conoce muy bien, en suma, al electorado, y tiene voluntad y armas para engatursarlo.

    Y si a la cortedad y manejabilidad de ese electorado le añadimos la torpeza continua de sus rivales políticos, y el desgraciado sistema electoral vigente, que privilegia de forma decisiva a los partidos que trabajan por la destrucción de España, es difícil, muy difícil, esperar que ni en 2021 ni en 2022 ningún caos económico y social posibilite la caída de ese hombre y la salida de el terrible atolladero en que nos hallamos.

    Hubo un país en Sudamérica que era uno de los dos más prósperos del continente, y que por males de sus pecados cayó en poder de un régimen populista que en poco más de un decenio lo condujo a la miseria, y he aquí que cuanto más fue cayendo y más empobrecida quedó su población, más fuerte y más sólido se vino a hacer ese régimen.

    Ya, pero aquí no podrá ocurrir eso, me replicará alguien, porque aquí estamos en Europa, que no consentirá que España se convierta en una ruina como aquel país de allá. Pero sí consentirá, sí: a Europa le importará bien poco que España sea una ruina, que su clase media desaparezca y que los españoles vivamos miserablemente, con tal de que el Estado tenga un programa controlado del pago de su deuda.

    No sé ustedes, pero yo no veo diferencias sino circunstanciales y de acento entre el líder Sánchez y el líder de ese país americano al que me estoy refiriendo. El mismo regodeo y prepotencia en el poder, el mismo desprecio mefistofélico hacia sus rivales, la misma obscena seguridad de que éstos no tienen ni media torta, la misma certeza de que ninguna fuerza material, ni exterior ni interior, podrá desalojarlos del mando, la misma convicción de que el dios del progreso y de la justicia ha premiado sus méritos izquierdistas con el otorgamiento de una gracia o don mágico para conseguir que el votante común le crea siempre y le elija siempre a él.

    Y encima los dos tienen suerte. O tienen a alguien “ex machina” que siempre les echa en una mano en los momentos difíciles para que sigan en el poder hasta llevar a término su obra funesta.

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