Opinión


29/10/19

Enrique Álvarez

  1. De psiquiatra

    Entre tantos como opinan sobre el problema de Cataluña, periodistas, profesores, deportistas, comerciantes y ciudadanos de toda laya, uno echa en falta a quienes más luz podrían aportar quizá sobre el asunto. Me refiero a los psicólogos y a los psiquiatras, a los expertos en patologías mentales, tanto las de tipo colectivo como las estrictamente individuales. ¿Por qué no nos explica nadie en virtud de qué mecanismos psíquicos resulta posible que un número altísimo de ciudadanos de un país desarrollado, exento de catástrofes recientes y medianamente culto, como es la región catalana, se comporte de esta manera tan delirante, irracional y descabellada que estamos contemplando cada día?

    Durante mucho tiempo yo también me he aferrado a la idea que sin duda domina en la cuestión: la idea de que todo es culpa del sistema político y educativo que se implantó en Cataluña a partir de los años ochenta. Un sistema que dejó en manos del nacionalismo la formación de las conciencias de las nuevas generaciones, que permitió a los partidos separatistas adoctrinar a los chicos en el odio a España y en la tergiversación de nuestra común historia. Y sin negar que eso sea rigurosamente cierto, yo ya no creo que constituya la explicación cabal del fenómeno. Por de pronto, les animo a que observen las fotografías de los manifestantes y alborotadores que se publican continuamente en los periódicos: en ellas se ve que abundan los jóvenes, sí, pero hay también muchas, muchísimas personas adultas, personas mayores, hombres y mujeres que salieron de la escuela antes de que llegara Pujol: ahí aparecen bramando, conminando, vociferando, echando sapos y culebras por esas bocas. No, no son los colegios y universidades los culpables únicos de esta barbarie.

    El sistema de adoctrinamiento existe, la siembra masiva del ideario antiespañol es un hecho constatado en toda Cataluña, pero a mí me parece que el fruto es demasiado abundante para tratarse de una mera labor educativa. ¿Desde cuándo los jóvenes de ninguna parte del mundo, y sobre todo del mundo moderno, se dejan modelar tan dócilmente como al parecer ocurre en esa región? ¿Qué leche maman los adolescentes catalanes para ser los más crédulos del mundo, los más sumisos y obedientes a las ideas y a los valores que les inculcan sus profesores y sus autoridades? ¿Cómo es que en Cataluña no hay ya una masa considerable de gente joven que trata de romper con el establishment nacionalista, máxime siendo este nacionalismo un producto tan burgués y tan marcado desde su raíz por el signo de la corrupción? No digo que debiera haber por reacción una movida españolista en las calles y en la cultura underground, pero sí una corriente rebelde, rompedora, que expresara su hartazgo contra el manejo gigantesco de las conciencias que lleva a cabo el sistema catalanista.

    Esto hay que explicarlo de alguna otra manera un poco más profunda. No puede ser que cientos y cientos de miles de personas que vivían hasta ahora muy bien en un país o en un estado grande que les ha acogido desde hace varios siglos, personas que se supone que no quieren perder calidad de vida, ni asumir restricciones serias a su libertad de movimientos, se obsesionen con la necesidad de encerrarse en un país más pequeño hasta el punto de disponerse a romper con lo que haga falta, simplemente porque les han inculcado eso en TV3 o en los demás medios nacionalistas. Cuesta entender que sean tan cerriles, tan cortos de miras. Y cuesto entenderlo tanto más cuanto que el estado español no ha cesado en los últimos cuarenta años de otorgarles concesiones, ventajas y reconocimientos simbólicos de toda índole.

    No hay sociología ni análisis político que dé razón suficiente de este fenómeno patológico. El racismo y el complejo de superioridad, muy probado, de los catalanes frente al resto de los españoles no justifican tanta aversión a la patria española como estamos viviendo estos días. La blandura de los gobiernos socialistas y peperos en la Moncloa tampoco son explicación cabal de esa arrogancia desaforada, de esa ansia creciente de ruptura con el resto de los españoles. Un ansia que yo nunca he creído que sea meramente independentista: en el corazón del nacionalismo catalono-vasco lo que hay es deseo de aniquilar a España. Por eso, el error más grave sería aceptar una especie de confederación, con plena soberanía para esas dos comunidades autónomas. El propósito de estas va mucho más allá, es expansionista: Baleares, Valencia, Aragón, Navarra...

    Tienen que decirnos los patólogos de la psique humana por qué ese número tan enorme de hombres y mujeres que eran hasta hace no mucho personas como nosotros, que trabajan y se divierten como nosotros, que leen libros e incluso van a misa, de repente han sucumbido a la manía persecutoria contra los españoles, hasta llegar a satanizarnos, y a poco que nos descuidemos a querer despedazarnos por completo.

radio teibafm - Emisión online

Twitter

Facebook