Opinión


13/02/20

Enrique Álvarez

  1. Elogio de la desvergüenza

    Hubo una época, alguno de ustedes lo recordará, en que existía la vergüenza. La vergüenza estaba incluso en la política. Había gobernantes a los que la vergüenza, en determinados casos, les obligaba a rectificar, a retractarse, incluso a dimitir, cuando hacían algo mal o eran objeto de críticas justificadas, o cuando perjudicaban, o podían estar perjudicando, a su propio país.

    Hoy, la vergüenza, al menos en las esferas altas de la vida española, es una cosa totalmente desaparecida. La vergüenza sólo puede ser considerada como cosa del pasado, el efecto de una serie de prejuicios rancios y, desde luego, un signo de debilidad. Un político comprometido con el progreso, es decir, con el bien, nunca más deberá dejarse influenciar por la vergüenza. Un gobernante podrá cometer errores, decir mentiras, podrá estar haciendo daño a su país en una serie de cuestiones, pero si es un político que está del lado del progreso no tendrá por qué arrepentirse, no tendrá que avergonzarse de nada. Sólo tendrá que ser más firme aún en su actitud y seguir hacia adelante todavía más deprisa.

    El buen estadista es ese: el que resiste a las críticas, por feroces y frecuentes que sean, el que no hace ningún caso a la contestación, el que desoye los cantos de sirena, el que no se deja torcer el rumbo por mucho que trinen los opositores y sus cadenas de prensa y radio, el que soporta imperturbable los ataques e invectivas de los enemigos del progreso, es decir, del bien. Precisamente por esto ser un buen estadista no está al alcance de cualquiera: ha de ser un hombre fuerte, psicológicamente muy fuerte, ha de tener un rostro pétreo, una cara como el cemento armado, pero ha de ser también elegante, no descomponerse nunca, y ha de ser, por supuesto, elástico, ha de saber plegarse cuando las circunstancias así lo aconsejen, claro que sin ceder lo más mínimo en su recta senda hacia el progreso, es decir, hacia el bien.

    La vergüenza, habrá que reconocerlo, era una cosa muy negativa. La vergüenza hacía a los políticos muy frágiles. A los políticos de antaño, incluso a los que militaban por el progreso, la vergüenza los volvía a la postre inservibles. No podían avanzar en línea recta, perdían mucho tiempo en discutir con los objetores, tenían una tendencia lamentable a transigir con la reacción, es decir, con el mal. Afortunadamente, el progresismo ya ha aprendido a descartar a esos políticos, y es que hemos entrado en una etapa histórica en que la marcha hacia el bien se acelera a ojos vista: ahora por fin ha sonado la hora, la hora de asistir a la marcha imparable hacia la libertad definitiva del ser humano.

    Pero no conviene ser ingenuo, no conviene bajar la guardia. Los enemigos de la libertad y del progreso, los reaccionarios, todavía son numerosos y se encuentran bien armados. Aún queda mucha lucha, mucho camino por delante. Hay que ser duro con ellos, hay que estar comprometidos con la causa sin concesión alguna, ni en los centros principales de poder ni en las zonas periféricas. No ceder ni un palmo de terreno. Hay que aprender bien la lección de que la alternancia en el poder es grave error, porque la experiencia ha enseñado que la clave está detentar el poder sin interrupción alguna, al menos hasta el año 2030, si de verdad quiere alcanzarse el progreso, el paraíso de la libertad y de la igualdad.

    Guerra a muerte, pues, a los escrúpulos, guerra a muerte a la decencia, guerra a muerte a la vergüenza. El único escrúpulo, la única decencia, la única vergüenza que debe importarnos es la de no ser lo bastante radicales en nuestro compromiso con el bien, es decir, con el progreso, que debe llevarnos a la verdadera libertad, y a la igualdad más absoluta, dentro por supuesto de la diversidad.

    Guerra a muerte a los padres reaccionarios, guerra a muerte a los colegios y a las aulas donde todavía se crían las víboras del patriarcado, de la desigualdad y del autoritarismo.

    Sólo el Estado, con el partido que lo lidera, tiene derecho a ser autoritario, sólo él debe ejercer la paternidad ideológica, la represión y el castigo en aras del bien, en aras de traer al mundo, o por lo menos a nuestro país, la perfecta igualdad liberadora, o la perfecta libertad igualadora a la que desde el origen del universo estaba el hombre llamado.

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