Opinión


03/06/21

Enrique Álvarez

  1. La cultura hoy, o el paraíso de la rutina

    Hubo un tiempo en que la cultura, y especialmente la literatura, era un refugio frente a la monotonía de la vida. Una evasión, si se quiere, pero una evasión necesaria, justificada, o por lo menos valiosa. La vida depara muchas sorpresas, la vida en su conjunto es inmensamente variada, pero la vida también es aburrida, porque la sociedad lo es, porque los hombres somos aburridos, poco ingeniosos, poco osados, poco originales. Por eso, entre otras cosas, necesitábamos los libros. Para ver algo nuevo, algo capaz de estimularnos, de sorprendernos, de renovarnos.

    Así fue durante muchos siglos. Había libros de ciencia, libros diríamos serios, pero también había libros de deleite, de placer provechoso y útil. En un principio, estos segundos no era muy bien considerados, la inventiva y la imaginación cotizaban poco en la república; pero lentamente fueron ganando rango y estimación, porque esos libros ya no eran leídos sólo por las personas ociosas sino también por hombres de pro. El Quijote, por ejemplo, que no era en el siglo XVII más que un pasatiempo ingenioso y agradable, en el siglo XIX se convirtió en una lección suprema para la humanidad. En esta época, las novelas buenas, el teatro, la poesía misma, deleitaban tanto como enseñaban, pero lo hacían no por su corrección ideológica ni por su moralidad convencional sino precisamente por su derroche de inventiva e imaginación.

    No sé cuándo empezaron a cambiar las cosas, cuándo los libros y los escritores empezaron a valorarse más por lo primero que por lo segundo, más por su ética que por su estética, es decir, más por la bondad de su intención que por su talento. No sé si la cosa empezó con las ideologías del cambio social, del compromiso de izquierdas, o con las ideología del conservatismo de derechas. Pero lo cierto es que hoy estamos así. Hoy estamos otra vez con una cultura, una literatura, un cine seriamente empeñados en catequizarnos, en enseñarnos a ser buenos ciudadanos, hombres y mujeres de pro. Como si la valía estética, artística, se le supusiera a todo libro, a toda película, por el mero hecho de estar posicionado correctamente en lo ideológico.

    La contaminación es mucho más profunda de lo que parece. No me referiré a los estudios y estimaciones académicas. Me limito a contemplar tan solo el panorama de nuestros medios de comunicación. Qué autores hablan en ellos, qué cosas dicen sobre su obra y sobre las obras de sus coetáneos. La literatura y el cine actuales están colonizados por los esquemas y las consignas morales, esquemas y consignas que no son fruto individual de cada autor sino de la corriente, de la gran ola social que los arrastra. Y cuanto más jóvenes son, más patente es su esquematismo y su sumisión a ella.

    Hubo también un tiempo en que los escritores jóvenes se caracterizaban por su rebeldía frente a todo convencionalismo. Al margen de su militancia política, el autor cultivaba siempre un discurso rompedor, original, libre. Una retórica izquierdista en un literato era interesante cuando la mayoría no se atrevía a exhibirla. Hoy la exhiben todos, y no la exhiben como el sustrato de su obra, sino como su seña de identidad. Y así resulta que casi todas las señas de identidad son iguales, y las identidades se confunden unas con otras porque todas se parecen como gotas de agua.  

    Pongamos un ejemplo. Aparece en los medios una nueva autora joven -o no tan joven- con mucha proyección, la enésima del año. Tiene que manifestarse obligatoriamente como ultrafeminista. No importa que todas lo sean. Quizá ella pretende serlo más que las otras y destacar así por ello. No lo va a lograr porque la competencia es enorme. Tendrá su minuto cada vez más efímero de gloria. Dejará el paso a otra, que dirá lo mismo, y así ad infinitum. ¿Y el periodista, el entrevistador, el lanzador? Pues resulta que el periodista nunca advierte, al parecer, que cada escritora nueva ultrafeminista es exactamente idéntica a las anteriores. Hubo también un tiempo en que el periodismo era buscar la novedad (un hombre que muerde a un perro), pero hoy día es justo al revés. La noticia es que la artista joven es una feminista del copón. O sea, la noticia, ahora, es que un perro muerde a un hombre. Aunque puede que tal vez el periodista sí lo sepa, pero sabe también que su lector y su lectora ya no esperan la novedad sino la reiteración, la reafirmación, o sea, la seguridad y el orden.

    Hoy, en una medida que ya resulta asfixiante, el mundo de la cultura es el reino de un imperativo moral. Nadie puede moverse fuera de él. Toda disidencia verdadera está condenada. Por supuesto que ese mundo se mueve, pero sus pasos están estrictamente medidos. Por supuesto que ese mundo lleva la bandera de la disidencia. Pero es sólo una bandera. Es la disidencia dentro de un orden. Es la disidencia adocenada, reglamentaria, la disidencia que los alinea a todos.

    Hoy, el mundo de la cultura es un paraíso, el de la rutina, el del perpetuo croar de las ranas en el estanque de la corrección política.

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