Opinión


20/06/21

Enrique Álvarez

  1. Las dos historias de Garabandal

    Un 18 de junio, hace exactamente sesenta años, justo un sábado al atardecer, tuvieron su inicio las apariciones de San Sebastián de Garabandal, un suceso en que, como pocas veces a lo largo de la historia religiosa moderna, lo divino se ha mezclado con lo humano de un modo tan misterioso como inextricable.

    Cuatro niñas de ese pueblo cántabro ven reiteradamente a un ángel y a la Virgen, y sus visiones son acompañadas de éxtasis y otros fenómenos extraordinarios que fascinan no sólo a las multitudes que suben a presenciarlos sino también a personalidades y teólogos de prestigio, incluso a santos como Teresa de Calcuta o el Padre Pío, persuadidos de la veracidad de las niñas.

    En sus líneas generales, la evolución del suceso es bien conocida. La jerarquía competente se muestra incrédula desde el principio; las niñas comunican mensajes de la Virgen y anuncian milagros que son muy polémicos y dudosos; y el obispado de Santander va formulando una serie de notas en que, más o menos tajantemente, se afirma la no constancia de lo sobrenatural; lo cual no evita que, una vez concluidos los fenómenos en 1965, y alejadas las videntes del pueblo, la fe de mucha gente de todo el mundo y las peregrinaciones al lugar se mantengan vivas hasta el día de hoy.

    Un tópico muy extendido es que la pervivencia de la fe en estas apariciones está relacionada con el rechazo a las innovaciones del Concilio Vaticano II. Garabandal sería así la bandera del tradicionalismo católico. Garabandal sería un ejemplo perfecto de eso que podría llamarse “lumpen-religiosidad”. De infantilismo religioso. De beatería nostálgica o rancia.

    También hay muchas personas que piensan de buena fe que, si lo de Garabandal fuera cierto, ya la Iglesia habría aprobado las apariciones, porque sería muy necio desperdiciar una oportunidad como ésa para recuperar el saldo de fieles fervientes, cada día más exiguo.

    La realidad, sin embargo, es muy otra. La realidad es que Garabandal está vivo porque la Virgen María está viva. Porque la Virgen, que emprendió una acción extraordinaria para ayudar a la Iglesia en 1961, no ha abandonado ese empeño por muchos que seas los fallos de sus hijos y por mucho que sea el tiempo transcurrido desde entonces.

    Se me permitirá una confesión personal. Yo empecé a conocer a fondo estas apariciones en 1999 y fui apasionadamente adicto a ellas hasta el año 2012. Un día de mayo de ese año, cuando el anterior obispo de la diócesis subió a Garabandal a bendecir la obra de restauración de la iglesia del pueblo, yo acudí allí junto a muchas personas. Esperábamos un gesto, por mínimo que fuera, de reconocimiento, ya que no de las apariciones mismas, sí al menos hacia quienes gracias a ellas habíamos alimentado tanto tiempo nuestra fe. Pero el señor obispo no hizo alusión alguna a las gracias especiales que la Virgen pudo hacer en el lugar. Ese silencio iba mucho más allá de la prudencia pastoral. Ese silencio era la prueba, para mí, de que la Iglesia --pese a las esperanzas suscitadas pocos años antes por Monseñor Osoro, en su breve periodo de administrador apostólico de la dióceseis-- había dado el carpetazo definitivo a las apariciones. Y no es que yo perdiera la fe en ellas, pero sí me convencí de que Garabandal era un caso más, en la historia de la salvación, de intento fallido del cielo por ayudar a los hombres (fallido, naturalmente, por el rechazo libre de éstos). Pero han pasado unos pocos años más, y lo que he visto, oído y leído me ha reafirmado en la convicción de que Garabandal es auténtico y de que su tiempo ha de llegar, acaso dentro de no mucho.

    La multitud de conversiones nuevas y las continuas gracias y señales del favor divino por la advocación de esta Virgen, no hacen sino extenderse a ritmo creciente por todo el mundo. Garabandal tiene aspectos dudosos, pero sus lumbres, y sobre todo sus mensajes, son tan limpios que representan una defensa especialísima de lo más genuino del catolicismo, de aquello que es precisamente lo más amenazado en los tiempos actuales: la devoción eucarística, el sentido de lo sagrado, la necesidad de la oración y del sacrificio, la obediencia y la adhesión filiales al Vicario de Cristo y a la Santa Iglesia.   

    La reciente publicación del libro “Garabandal a la luz de la historia”, primera tesis doctoral sobre las apariciones, de José Luis Saavedra (sobresaliente cum laude en la Universidad de Navarra), viene a demostrar irrefutablemente que en este gran suceso de la aldea cántabra hay dos historias entrecruzadas: la historia de una verdad y la historia de su ocultamiento. Las dos son igualmente apasionantes. La primera la conocíamos bien por los innumerables y variadísimos testimonios que prueban a todo el que tenga la menta limpia que las niñas nunca mintieron en lo esencial. La segunda, que sólo nos atrevíamos a sospechar, queda ahora más que evidenciada. En los años sesenta, setenta y ochenta, en el obispado de Santander hubo una voluntad oscura de impedir que los hechos de Garabandal salieran adelante. Una lucha cerrada de la sombra contra la luz. Hasta hace bien poco ha ido ganando la primera, pero el signo de esa lucha ha empezado a cambiar de tal modo que, cuando Dios permita al fin un estudio serio de las apariciones (y cuando el tiempo de la omertá haya terminado), es seguro que la segunda se impondrá en un abrir y cerrar de ojos. Y la Iglesia, no solo la de Cantabria, no sólo la de toda España, saldrá ganando mucho.

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