Opinión


23/01/22

Enrique Álvarez

  1. Pederastia, la única certeza

    Es el rayo que no cesa: los curas y frailes que abusaron de niños en el siglo pasado y que, al parecer, siguen abusando en el presente de nuestras conciencias y abusarán hasta el día del Juicio Final, si Dios no dimite antes y un próximo Santo Padre decreta el cierre de la Iglesia de Roma.

    Tengo 67 años y llevo 55 oyendo hablar a mi Iglesia de lo horribles que son los pecados del sexo cometidos por un religioso, más horribles aún si sus víctimas son menores. Nunca oí ni leí a ningún sacerdote que comprendiera o que disculpara, menos aún que justificara, el menor acto lúbrico de un hombre consagrado sobre la persona de un niño. Jamás he visto dudar a nadie en la Iglesia católica de que las conductas pederastas son una monstruosidad sin paliativos.

    Pero haberlas, haylas. ¿Cuánto, cómo, dónde? Tengo 67 años y llevo 50 oyendo hablar de curas abusadores. Curiosamente, estudié 10 años en un colegio de agustinos y no conocí a ninguno. Tengo un buen número de amigos que estudiaron también con curas y ninguno supo nunca de frailes concretos que abusaran. Sin embargo, sé que existieron, mejor dicho, creo que existieron porque lo repiten continuamente los periódicos y porque conozco un poco la naturaleza humana. Existieron, sí, y ahora existen obispos y hasta papas que al parecer los encubrieron. Esto último también podría creerlo si no pensara yo que encubrir no significa, en la mayoría de los casos, proteger al delincuente sino evitar dar pábulo al rumor, a la acusación sin pruebas, al escándalo intencionado y malicioso.

    Los rumores eran sólo rumores y sabemos el momento en que empezaron a convertirse en asunto público y en materia oficial de actualidad, en asignatura interesante del periodismo. Fue a finales del siglo anterior cuando el papado de Juan Pablo II había consolidado ya uno de sus mejores frutos: salvar la doctrina tradicional de la Iglesia sobre la sexualidad y el celibato sacerdotal. Entonces, poco a poco, empezó a desencadenarse este negro apocalipsis de clero-pederastia. Los veinte o treinta años precedentes hubo silencio, silencio de los acusadores y más silencio de las víctimas. Fueron los años en que precisamente proliferaron los casos en todo el mundo (nadie da importancia al hecho de que en el siglo XXI los casos se han vuelto excepcionales). ¿Qué ocurrió entonces? Ocurrió que en esos años la pederastia llegó a ser tenida en el mundo intelectual como algo completamente conforme con el hombre e incluso con el niño. Un solo ejemplo: en 1977, el periódico Le Monde publicó una petición para bajar la edad sexual de los niños a los doce años, toda una legitimación ideológica de la pederastia adolescente. Entre los firmantes se encontraban Aragon, Barthes, Althusser, Deleuze, Guattari, Jack Lang, Sartre, Beauvoir… Y ocurrió, naturalmente, que, en aquel clima de amoralismo sexual sin límites postulado por los pensadores más prestigiosos de Europa, con amplísima acogida en Norteamérica, aquella Iglesia que se esmeraba en modernizarse y estar al día, sobre todo en los países más adelantados, anuló por completo, en la práctica, el número 6 del Decálogo.

    Recientemente, un periódico español que se ha distinguido durante 45 años por su visceral y sistemática enemistad contra la Iglesia ha publicado un estudio de trescientas páginas sobre esta asignatura de la que estoy hablando. El informe ha hecho más ruido de lo normal porque se dice dotado de seriedad metodológica y porque trata, naturalmente, de obligar a los obispos a mojarse, es decir, a abrir comisiones de investigación. Y, naturalmente, los obispos ya han declarado que lo van a hacer, porque muchos de ellos, quizá los más notables, ya se arrodillan menos ante Dios que ante el Poder Mediático.

    El regocijo con que el progresismo español espera los frutos de esa investigación contra la Iglesia española es imaginable. Pero no deja de resultar curioso que se preocupen tanto por cuestiones de castidad esos periodistas, seguidores, a buen seguro, no precisamente de Santa María Goretti sino más bien de Sartre, Beauvoir, Deleuze, Guattari, Althusser, Aragon, Barthes, esa “Gauche Divine”, en suma, que llamó al mundo en los años setenta a romper cualquier freno sexual.

    Nos espera, pues, una especie de proceso general de canonización a la inversa, pero hay que ser muy ingenuo para creer que de ahí va a salir nada que pueda llamarse esclarecimiento de hechos reales, ni aun menos compensación moral ni cristiana a las auténticas víctimas. Sólo van a salir más más películas, más ficción, más pretextos para ensuciarlo todo y para arrasar lo que aún pudiera quedar de respeto y toda reverencia a la persona sagrada.

    Honestamente, nunca sabremos si de verdad los casos de clero-pederastia en nuestro país fueron masivos o limitados. Debe quedar claro que un solo caso sería ya bastante escándalo para una religión cuyo fundador es el Buen Pastor que deja a las noventa y nueve ovejas para ir a buscar a la única que se le ha perdido. Lo que sí sabemos ya, la única certeza que podemos tener en todo esto, es que los promotores de ese estudio de trescientas páginas, y los voceros del mismo, pretenden cualquier cosa menos purificar a la Iglesia ni, por supuesto, fomentar la pureza de los niños y adolescentes.

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