Opinión
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Una respuesta a la pregunta del millón
Seguramente la pregunta más común que hoy se hacen millones de ciudadanos en España -y parte del extranjero- es ésta: ¿por qué los españoles son tan necios que siguen votando mayoritariamente a la izquierda a pesar de los daños que esa izquierda, cuando gobierna, ha acarreado siempre al país?
Cada día está más claro. Las políticas de izquierda, llámense socialismo o progresismo, perjudican fatalmente al pueblo español, lo engañan, lo oprimen y lo empobrecen. También la derecha engaña, oprime y empobrece al pueblo, pero hay una diferencia: ésta lo hace a menudo, mientras que la izquierda lo hace siempre. La izquierda jamás deja de ser fiel a sí misma. La derecha, en cambio, se traiciona de vez en cuando. Con la derecha cabe una esperanza, por mínima que sea, de que se arregle el país. Con la izquierda ninguna. Lo estamos viendo mejor que nunca en este bendito 2026. La izquierda nos lleva al desastre, y este desastre que pudo impedirse en otras ocasiones de nuestra Historia, aunque fuera a un precio altísimo, ahora ha llegado a un punto que parece irreversible. La izquierda española ha encontrado al fin la forma magistral de blindarse en el gobierno del Estado y está “en potencia propincua” de lograr al fin su viejo sueño, su inmortal propósito: destruir España, destruir la nación y sus instituciones, y construir otra cosa que haga feliz al pueblo. Porque la izquierda cree que los españoles seremos felices cuando no haya España, cuando no haya estado-nación, cuando haya una república confederal, cuando no haya separación de poderes, cuando el gran Pedro Sánchez sea todo en todos (como diría San Pablo). Seremos un país afortunado cuando no haya fascistas ni racistas en las instituciones ni en los órganos de opinión ni en ninguna parte, cuando millones de magrebíes, subsaharianos y otros migrantes de África estén entre nosostros tan empoderados como los españoles viejos.
La gente de izquierdas tiene una característica estupenda: no sabe ver el caos. Y no es sólo que no lo vea venir, es que no lo quiere ver, es que no lo ve cuando ya ha venido. Claro que la utopía no es sólo cosa de la izquierda. También la gente de derechas tiene, a veces, su utopía, pero ésta se termina cuando la realidad se impone. La gente de derecha, a veces, saber reconocer sus errores y rectificar. La gente de izquierdas nunca: ¿que la realidad desmiente mi utopía? Peor para la realidad.
Pero ¿por qué? ¿Por qué la gente de izquierda es tan terca, tan necia, tan obstinada?
No vale decir que se trata de gente intelectualmente corta, porque muy a menudo es lo contrario. Hay que buscar una explicación objetiva y a la vez profunda. Y sólo se me ocurren dos hipótesis: la una es optimista y la otra pesimista.
Veamos la primera: un hombre de izquierdas cree en el imperativo absoluto de la igualdad, es un radical de la justicia social, la diviniza, la convierte en algo de orden supremo ante lo cual ha de subordinarse todo lo demás. Es claro que el hombre de izquierdas hunde sus raíces en el radicalismo evangélico. Según esta hipótesis, sería un hombre generoso y de buen corazón, pero fanatizado e incapaz de reconocer sus errores utopistas. Sería, en realidad, un hereje por partir de un concepto pervertido de la caridad. Para un izquierdista el prójimo no es el próximo sino la humanidad entera. El izquierdista sería como quien descuida atender a su familia, a sus cercanos, para volcarse con sus lejanos, con todos los pobres del ancho mundo.
La explicación pesimista se hace más verosímil a la vista de la situación española actual que citábamos al principio. Un hombre de izquierdas hoy es un hombre que finge trabajar por construir algo nuevo pero que en realidad ya sólo trabaja por destruir el orden real. El hombre de izquierdas odia el orden existente y emplea el odio para su proyecto ideal, y cuando los hechos de la historia demuestran una y otra vez lo pernicioso y hasta lo trágico de su proyecto, no renuncia sin embargo al odio, se queda con él. La izquierda es así, hoy, un odio flotante, una envidia y un rencor perpetuos. Una negación constante. “El espíritu que siempre niega”, como se definió a sí mismo Mefistófeles, el siervo del Maligno en el Fausto de Goethe.
La izquierda española, en el año 2026, no puede ser ya más que eso.