Opinión


14/08/21

Enrique Álvarez

  1. La doble muerte de una nación

    A quienes temen que España se rompa y muera, y se duelen de ello, ha de hacérseles un aviso. España no morirá una vez, sino dos. Si el rumbo actual del país no vira, la tenacidad del fenómeno independentista y el estimulo constante al sentimiento regionalista en detrimento del nacional llevarán necesariamente, antes o después, a la disgregación del Estado. Una reciente encuesta ha dado la señal de alarma: la mayor parte de los ciudadanos españoles ya sienten que su vínculo es más fuerte con su comunidad (Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco, Navarra, Aragón, Cataluña, Valencia, Baleares, Canarias y Andalucía; es decir, todas menos Madrid, las dos Castillas, León, Extremadura y Murcia) que con España. Por mucha bandera rojigualda que veamos en los balcones y en las mascarillas de la gente, este país lleva cuarenta años en que no se da un solo paso atrás en el proceso histórico que nos está llevando de la descentralización del Estado a su fractura completa.

    Pero la cosa no va a parar ahí. El cadáver o el alma de España no va a descansar en paz. Porque un santanderino del año 2050, pongamos por caso, no no sólo no podrá ya decir que pertenece a España –será sólo cántabro y tal vez también europeo-- sino que tampoco podrá sentir el orgullo de descender de una gran nación desparecida que se llamó España ni podrá honrarse con su enorme legado histórico (la reconquista, el descubrimiento y cristianización de América, la Escuela de Salamanca, pionera en el reconocimiento de los derechos humanos). No podrá porque otro proceso disolvente está en marcha y lo vamos viendo cada día más: una corriente que recorre imparable todo el nuevo continente, con buenas conexiones en Europa, que derriba estatuas de santos y héroes españoles y que denigra por sistema, con saña, con odio desatado, todo lo que España aportó al mundo. Destruir, cancelar, borrar, aniquilar en el olvido todo lo que suene a Cruz, a Misión, a Evangelización del mundo, que ése y no otro fue el designio histórico de la nación española. Una idea grandiosa de unidad y fraternidad basada en la común filiación divina de todo el género humano, más allá de razas y castas. Y no es que esa idea, que debiera ser timbre de gloria de nuestro país, se esté borrando y aniquilando sin más, sino que se está sustituyendo por otra que cala fácilmente en les mentes jóvenes: España, país de fanáticos, de oscurantistas, de inquisidores, de ambiciosos sin fronteras y sin escrúpulos.

    Si el cielo no lo remedia, morirá, pues, la España de hoy y morirá también la gloria de la España de ayer. Y bien parece que el cielo no lo va a remediar, o al menos los representantes más encumbrados de la Iglesia Católica, de aquí y de allá, no están por la labor de hacerle a España un poco de justicia. Desde que Francisco I manda en Roma, como vicario de Cristo que es, se diría que nuestro país y su historia están muy mal vistos por Dios. El izquierdismo latinoamericano (que bien podría llamarse antihispano-americano)  es un pulpo con mil tentáculos que al fin ha conseguido hacerse también con los resortes del Vaticano. Porque el izquierdista nunca está solo. La solidaridad en el combate ideológico es su gran especialidad, una solidaridad tan acrítica como expansiva. Pero el izquierdismo católico-latinoamericano ha conseguido entrar también en la Conferencia Episcopal Española, a quien ya le importa una higa el que esta nación nuestra esté perdiendo el futuro, porque ya no considera un bien espiritual la unidad de España, porque probablemente tampoco considera importante la igualdad entre sus regiones ni su equilibrio constitucional, ni su historia y sus tradiciones, ni sus santos ni sus mártires, porque sólo considera importante llevarse bien con el mundo, abrazar cualquier moda, no tener muy mala prensa, y  sobre todo no empeñarse demasiado en luchar por el bien y la verdad.

    Y conste que hablo de la Conferencia Episcopal y sus dirigentes. No hablo de obispos concretos ni de muchos curas y laicos que sí se dan cuenta de ese inmensa labor de borrado y denigración histórica del catolicismo español a la que está contribuyendo tan decisivamente el francisquismo.   

    Claro que a los católicos siempre nos queda la humildad y la pobreza. La aceptación humilde de la voluntad de Dios, que es, al parecer, la de quedar deshonrados y despojados espiritualmente como españoles, recibir toda clase de agravios, injurias y cremaciones. Pero duele mucho que nuestros propios pastores consientan eso, sobre todo si, más que por miedo, por cálculo o por respetos humanos, lo consienten por pura ignorancia y estupidez.

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