Opinión


25/10/17

Enrique Álvarez

  1. Cuando las almas molestan

    Pido disculpas de antemano al lector por referirme, en medio de tantos problemas graves como hoy nos agobian, a un asunto que bien podría considerarse trivial. Es la pequeña polémica generada en nuestra ciudad por el nombre de una calle, la que hasta ahora se llamaba Alcázar de Toledo y que ha pasado a ser, si el acuerdo municipal que se lo cambió hace una semanas no se revoca, calle de las Ánimas.

    He dicho pequeña polémica aunque se ha tratado más bien de una serie de escritos sin réplica dirigidos a los medios de comunicación por los vecinos de esa calle que han mostrado su rechazo al nuevo nombre, con tonos de repulsa, de sarcasmo y hasta de escándalo. No me voy a detener aquí en la cuestión de si el Ayuntamiento debía o no eliminar el anterior nombre, por efecto, como es sabido, de la Ley de la Memoria Histórica, aunque no estará de más considerar que la misma razón por la que muchos queremos que la Constitución se imponga en Cataluña por encima de todo (por encima incluso de las masas que claman en Barcelana en contra de ella) debe movernos a querer que la Ley se cumpla en cuanto a los símbolos de nuestras ciudades, aunque dicha Ley en concreto, la de la Memoria Histórica, no nos guste absolutamente nada.

    Me refiero al nombre mismo -Las Ánimas- que los ediles han dado a esa calle, y que por cierto no fue ninguna ocurrencia de la Comisión de Cultura sino el cumplimiento de un acuerdo municipal anterior para recuperar las denominaciones antiguas o tradicionales de los espacios públicos; y que “Alcázar de Toledo” se llamaba “Cuesta de las Ánimas” antes de 1936 es algo que está perfectamente documentado y así lo propuso un muy solvente historiador local. Pero eso no ha valido a los vecinos de la calle, que se han puesto en pie de guerra al considerar que se trata, por resumirlo de alguna forma, de un nombre anticuado y de muy mal gusto. 

    Los vecinos de Alcázar de Toledo juzgan, en efecto, que las ánimas son cosa fea y verdaderamente macabra (sic), un estafermo del pasado. Hasta hay quien se ha rasgado las vestiduras porque, habiendo niños que viven en esa calle, se le vaya a dar un nombre tal. ¡Hay que ver! Tenemos ya encima las noches y los días de Halloween, un festejo tétrico del que ya es imposible que ningún niño santanderino se libre, y sin embargo a estos ciudadanos los escandaliza que el nombre de la calle en que viven sus hijos les recuerde a los muertos. Realmente aterrador.

    ¿O no son las ánimas lo mismo que los muertos, los difuntos, tal vez los zombis? Ahí es donde está el quid del desvarío. Porque se cree que las ánimas son parte de una visión arcaica y supersticiosa del hombre -los muertos que daban tanto miedo al pueblo ignorante-, cuando la realidad es que las ánimas son otra cosa. Las ánimas son las almas. Sí, la parte espiritual y más noble del ser humano, la parte que sobrevive, la que va al encuentro de Dios creador y en cuya permanencia esperamos los vivos algún día el reencuentro con las personas queridas que nos dejaron. No, las ánimas no son resabio de una forma rancia y caduca de celebrar la muerte sino la cifra de nuestro anhelo y de nuestra fe en la vida eterna.

    Ya, ya sabemos que esa visión católica del hombre no es precisamente la dominante en nuestro país, y menos en una ciudad como ésta que tal vez podría presumir ya de ser la más descristianizada del antiguo Reino de Castilla, pero al menos esos vecinos deberían valorar la bella y romántica resonancia de ese nombre. Muchas ciudades españolas, castellanas o no, conservan alguna evocación a las ánimas, a las almas de los que un día vivieron, sufrieron y amaron en sus calles y lugares. Muchas, por no decir todas las ciudades españolas se precian de conservar con cariño esos símbolos de una cultura y de una visión antigua, pero que merece perennidad, de la condición humana.

    ¡Calle de las almas! ¡No, gracias!

    Note bene. Los vecinos han propuesto que se llame en su lugar calle del Parlamento. Viva la España de las autonomías y de las nacionalidades.

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