Opinión


15/10/20

Enrique Álvarez

  1. Purgando la Historia

    Durante mucho tiempo, quienes hemos defendido la importancia de enseñar un poco de religión en las escuelas lo hemos hecho pensando más  en el bien cultural de los alumnos que en su formación puramente moral. Nos ha costado comprender la cerrazón de los partidos de izquierda y de la mentalidad laicista, siempre opuesta a admitir que una enseñanza sin contenidos religiosos ni de historia del cristianismo es una enseñanza que incapacita a nuestros jóvenes para una asimilación plena del arte, de la literatura y de todo el desarrollo de la cultura occidental.

    Creo que ha llegado el momento de comprender al fin esa cerrazón, la hora de comprender por qué las fuerzas así llamadas progresistas no tienen bastante con proclamar sin cortapisas su rechazo de las religiones, y en particular de la cristiana, y por qué llevan ya tiempo dando pasos en el empeño de silenciarlas, más aún, avanzando sin tregua en el objetivo de borrarlas totalmente de la pizarra de la Historia, como si nunca hubieran existido.

    Se trata de un fenómeno que tiene algo de misterioso pero que, con ayuda de la experiencia personal que uno va adquiriendo en el mundo de la cultura --la literatura y el cine principalmente--, nos es dado ya ir elucidando. Es un fenómeno que ha surgido en el siglo XX. Ese siglo tan brutal que inventó la guerra química y bacteriológica y la bomba atómica, alumbró también una forma sutil de lucha contra el enemigo mucho más perversa que todas las anteriores: esa forma es la negación de su existencia. Al enemigo ya no basta con matarlo o con destruirlo. Al enemigo hay que purgarlo, borrarlo de la memoria de la humanidad. Hay que hacer que las nuevas generaciones no sepan que existió. Y si no se puede borrar por completo, al enemigo hay que desfigurarlo tanto que no se parezca nada a lo que realmente fue, de modo que esas nuevas generaciones ignoren para siempre su verdadera naturaleza.

    Probablemente el creador de esa forma de lucha fue un tal Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, y el novelista genial que la describió (aunque no le puso nombre y apellidos) fue George Orwell en su novela 1984. Cierto que Lenin murió, y el marxismo-leninismo también, pero su invento pervive, se extiende, desarrolla nuevas formas y aplicaciones prácticas, incluso en ámbitos muy diversos de lo político. La mejor forma de combatir a un gran enemigo, en el terreno ideológico, ya no es el argumentario, la polémica, ni siquiera la injuria ni la calumnia y la tergiversación. La mejor forma es el ninguneo, el expurgo de la historia, el lavado de cerebro colectivo.

    Volvamos al mundo de la religión. Hablemos de sus relaciones con la literatura y el cine. Hay una producción copiosa de libros religiosos, sí, libros de teología e historia de alto valor y calidad, pero rara vez transcienden el ámbito de los especialistas. Sólo los leen especialistas, profesionales o iniciados. También hay novelas y películas, muchas películas que tocan asuntos de la Iglesia. El noventa y nueve por ciento son denigratorias, y por lo general productos de baja estofa, de consumo fácil. ¿Es que no hay hoy cine, novela, arte, que trate de la religión con rigor, con justicia, con lucidez? La respuesta es no. Los hubo no hace mucho tiempo. En los años cincuenta y sesenta del siglo pasado existió una narrativa y un cine que ahondaron en los problemas de la fe y de la transcendencia con sentido dialéctico, ahondaron en unos problemas que entonces preocupaban a la inmensa mayoría de las personas cultas y reflexivas. No eran libros ni películas de apología o de catequesis, ni mucho menos. Tuvieron gran prestigio.

    Hoy esa narrativa y ese cine ya no tienen lugar. Suscitan un rechazo instintivo, radical, inefable. Y no es que se condene una novela o un film por el hecho de ser prorreligioso, es que sencillamente ese novela no podrá llegar a la imprenta ni esa película a la pantalla porque no habrá editor ni productor que apueste por ella. Hay algo que lo impide, y ese algo sólo en una visión superficial se llama mercado o moda. Es un agente más intencional, más lúcido y sobre todo más constante que el mercado o la moda.

    El arte y de la literatura tienen su axiología, su escala de valores, y todo aquello que no ocupe determinada altura en esa escala carece de validez para ellos. La representación de lo religioso ha sido relegada al escalón más bajo. No puede interesar el escritor, al cineasta, y por tanto al público. En consecuencia lo religioso deja de representarse. Pervive, eso sí, el panfleto, pervive también lo misional, el cine que quiere transmitirnos una fe, pero eso queda para la catequesis. No tiene rango artístico.

    Los asuntos de la religión seguirán siendo objeto de interés para el pensamiento y la especulación filosófica, pero ésta irá abstrayéndose cada vez más de la realidad histórica del cristianismo, dándola por amortizada. Y, a su vez, la realidad histórica del cristianismo, es decir, la encarnación de Dios, el hecho de que Dios se haya hecho hombre en Jesús de Nazaret, y todas las consecuencias que ello ha generado a lo largo de los siglos, se irá amortizando cada vez más en las mentes de quienes leen libros y van al cine. Porque los enemigos ya no tratan sólo de condenar esa realidad histórica, del siglo I al XXI. Tratan mejor de borrarla, de hacer que desaparezca del imaginario común; y el modo más eficaz de lograrlo es evitar que el arte la represente. Porque sin el arte, sin las novelas, sin los relatos, una gran parte de lo que llamamos Historia se hubiera perdido y se perderá para siempre.

    Siempre quedarán las bellas artes, sí, la pintura, la escultura, la arquitectura, éstas seguirán siendo elocuentes, hablarán aún de Cristo, sí, pero ¿duda alguien de que, antes o después, a ellas les llegará también su hora?

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