Opinión


20/12/20

Enrique Álvarez

  1. País de melancólicos

    Aunque no sé de ninguna estadística al respecto, me resulta evidente que en España está creciendo de forma exponencial el número de los melancólicos. Cada vez son, somos más los que estamos aquejados por la visión negra de nuestro presente, y negra no sólo porque las cosas pinten peor que nunca (o al menos peor que en los últimos cincuenta años) sino sobre todo porque no se ve posible un cambio de rumbo ni un giro en la rueda de la fortuna, que parece habérsenos atascado definitivamente en posición de máxima adversidad. Podríamos resumirlo así: España está fatal y, como los que podrían aportar soluciones se encuentran cada vez más lejos del poder político, la cosa ya no tiene remedio. Pase lo que pase, España es un país a la deriva.

    Los ciudadanos que quisieran reaccionar han perdido casi del todo la voluntad de hacer algo. Se sienten impotentes. Expresan su malestar con modos cada vez más cargados de abulia y cerrazón. Y eso es la melancolía, dar por seguro el fracaso, la pérdida: instalarse para siempre en ella.

    Pero podríamos decir que ahora mismo, en lo que concierne a la visión de nuestra sociedad, hay dos tipos de melancolía. Unos son los irritados, los rabiosos. Están molestos contra todo y contra todos. Tenemos un gobierno pésimo, pero la oposición también es pésima. Nuestro presente es patético,  pero del pasado mejor no hablar. Nuestra historia es triste, y en cuanto al futuro no hay esperanza. Lo mejor es no hacer nada, no creer en nada ni en nadie, no votar en las elecciones, no secundar ninguna corriente ni movimiento de resistencia, no hacer el bobo.

    Otros son los nostálgicos. Tampoco creen en el futuro, pero sí en el pasado. Creen que venimos de un tiempo que mereció la pena, si no en lo político, al menos en lo cultural y en lo genuinamente humano. La vida social era más bella antes. Lástima que se haya estropeado, que la hayan estropeado los nuevos bárbaros. Nadie puede ya nada contra ellos, y sólo nos queda refugiarnos en lo privado, vivir del recuerdo y de los sueños retrospectivos. España fue una nación grande, con muchas luces y sombras, pero las luces extraordinarias. La grandeza se acabó para siempre, por ley del destino, y la nación se diluye y jibariza. No hay vuelta atrás. Tenemos que aceptarlo con resignación y hasta con humor.

    Los melancólicos y los rabiosos. Estoy seguro de que la inmensa mayoría de los españoles pertenecemos a uno de estos dos grupos, es decir, la mayoría estamos convencidos de la nocividad del actual gobierno, pero nos llevamos mal entre nosotros, o simplemente no nos llevamos, no damos un palo al agua por ponernos de acuerdo y evitar que las cosas sigan esta deriva. Pongamos un ejemplo. Hace poco murió un gran escritor barcelonés, premio Cervantes, Juan Marsé, significado en los últimos años por su hostilidad al nacionalismo catalanista y ninguneado por éste.

    Naturalmente tuvo en toda España los panegíricos más fervorosos. Pero ¿hizo algo por desalojar del poder a sus bestias negras? ¿Contribuyó un poquito a la formación de un frente común contra el pujolismo y sus herederos? Absolutamente nada. Denostó por igual a los partidos separatistas y a los partidos así llamados constitucionalistas. No quiso pringarse en el apoyo, siquiera coyuntural, de un partido de centro derecha. Es así, con semejante actitud purista, como la mayor parte de los intelectuales de izquierda catalanes han dejado vía libre al avance del nacionalismo secesionista y xenófobo. Un purismo que es puro pretexto para no trabajar por la buena causa. Pura vagancia. Pura melancolía.

    Y frente a esta masa de descontentos, frente a esta gran mayoría antigubernamental, dispersa y desarticulada, incapaz de formar un solo proyecto, de trazarse un objetivo y de perseguirlo, está la minoría que controla España, que domina el país, elección tras elección. Tal vez no sea un modelo de organización y de coordinación, pero está claro que esa minoría sabe lo que quiere y adónde va. Tiene una idea muy definida del estado, que podríamos llamar el estado antinación. No es que quiera destruir España, naturalmente, sólo quiere avanzar en el proceso que lleva a su completa desnaturalización. Que España se convierta en una nacioncilla de nacioncillas. Un conglomerado de historias vernáculas y particulares unidas por el recuerdo de unos cuantos hermosísimos fracasos, la fracasada revolución comunera (1523), la fracasada Constitución de Cádiz (1812), la fracasada revolución gloriosa (1868) y la fracasada segunda república (1931). Tanto fracaso unido, tanta fermentación de revoluciones sin éxito, ha terminado por dar su fruto. Aquí y ahora, al fin, tenemos el gobierno que no va a fracasar nunca más, el gobierno que llevará al país a las delicias eternas de la igualdad y la diversidad.

    Y mientras tanto, los melancólicos sigamos criticando la arrogancia de Isabel Díaz Yuso, la insignificancia de Pablo Casado, la inconsistencia de Inés Arrimadas, o la petulancia de Santiago Abascal. Sigamos, sigamos así.